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CAPÍTULO XIV

EL MUNDO CONTRA SU SALVADOR


Nadie quiso más la paz que Adolf Hitler. Nadie necesitaba la paz más que él. La necesitaba para consolidar y extender su gran trabajo; para dejar que se extinguieran las comprensibles pero sin embargo alarmantes diferencias de punto de vista entre las viejas corporaciones y clases gobernantes de Alemania —la nobleza y la rica clase media alta; la “intelligentzia”; las Iglesias; pero especialmente el generalato, de tradición prusiana (reclutado totalmente o casi totalmente entre la vieja nobleza terrateniente)—, poruña parte, y los Reichsleiters y Gauleiters y, en general, los dirigentes del Nuevo Orden, por la otra; la necesitaba para que tuviese lugar, bajo el signo de la Swastika, una síntesis de las mejores de entre todas las fuerzas nacionales alemanas; la necesitaba para asegurar el crecimiento imperturbado de una nueva generación sana e intransigente de hombres y mujeres —luchadores y madres—, nacidos y desarrollados en la gloriosa atmósfera nacional socialista, y consagrados, sin ninguna clase de reservas, a sus ideales; para facultarle a seguir llevando a cabo su admirable programa social e inducir gradualmente a los alemanes —sin que ellos apenas llegasen a ser conscientes del cambio— a aceptar la revolución ética y —uno está obligado a añadir— religiosa que representa el Nacional Socialismo: volver a los valores raciales, es decir, naturales, y en general, a esa sabiduría centrada en la vida que implica la nueva doctrina, después de mil quinientos años de superstición judeo-cristiana igualitaria, antinatural, antinacional y centrada en el hombre. Necesitaba la paz para hacer germinar, despacio, pero irresistiblemente, bajo el liderazgo del regenerado Reich Alemán, el Gran Reich que comprendiese a

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todos los pueblos de sangre germánica y, finalmente, a todos los pueblos de sangre aria, dentro y fuera de Europa, y remodelar el mundo entero de acuerdo al principio del mandato divino de la jerarquía de las razas y del gobierno de los mejores.

Y nadie se esforzó por la paz tan duramente y tan consistentemente como él —de acuerdo que no a cuenta de ningún prejuicio humanitario, sino por las razones sólidas y prácticas que acabo de mencionar: en razón al éxito del trabajo de su vida, o dicho en otras palabras, en el interés del Reich Alemán; en el interés de la causa Aria, es decir, en el interés del Universo.

Pero las fuerzas eternas de la desintegración y de la muerte —aquéllas que he descrito como fuerzas “en el Tiempo” y que estuvieron (y que están, desde 1945, más fatalmente que nunca) dirigiendo a todas las razas hacia su perdición— se interpusieron poderosamente en el camino del Hombre “contra el Tiempo” y de su sueño de regeneración aria, y sus agentes —los judíos, como un bloque; y los sirvientes conscientes o inconscientes, voluntarios o involuntarios del judaismo internacional: masones de alto y bajo grado; miembros y simpatizantes de las más variadas sociedades pseudo-espirituales al servicio de intereses judíos o ideales judíos (o ambas cosas); seguidores de las más variadas creencias igualitarias y centradas en el hombre, afligidos por una sincera pero falsa concepción de la historia; y toda clase de personas dispuestas a sacrificar cualquier posibilidad de regeneración general por el mantenimiento de ventajas personales o colectivas de naturaleza material o moralnecesitaban la guerra para cortar de raíz la revolución Nacional Socialista; para romper su impulso antes de que tuviera tiempo de ocasionar la transformación interior y definitiva de Alemania y antes de que se extendiese a otros países de sangre aria; cuanto antes, mejor. Necesitaban la guerra, o de lo contrario iban a ser obligados a abdicar de toda influencia, tanto política como cultural (y espiritual). E hicieron todo cuanto

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pudieron por empezar la guerra pese a los esfuerzos de Hitler por evitarla—, y cuanto pudieron por prolongarla, una vez que había empezado. Y lo consiguieron; y ganaron la guerra, no a causa de algún error de Hitler, sino simplemente porque el mundo no había —ni todavía ha— llegado al final de la presente Edad Oscura; porque, como he dicho anteriormente, Adolf Hitler no es el último Hombre “contra el Tiempo”, y porque es un hecho —es más, una consecuencia inevitable de las leyes del desarrollo histórico— que todos los Hombres “contra el Tiempo” fracasan, salvo el último de todos: aquél a quien las Escrituras Sánscritas llaman Kalki.

En otras palabras, vista desde ese punto de vista superior desde el cual toda “política” aparece como consecuencia, nunca como causa, la Guerra Mundial de 1939-1945 es —dentro del gigantesco combate entre polos opuestos, sin principio ni fin, que constituye la historia cósmica— un trágico ejemplo local de la fatídica victoria de las Fuerzas satánicas —es decir, de las Fuerzas de la impostura— cerca del final de una Edad de las Tinieblas.

* * *

“¡Ribentrop, tráeme la alianza inglesa!”1. Jamás fueron pronunciadas palabras más sinceras que éstas —las últimas que dirigió Adolf Hitler al hombre que estaba enviando a Londres como embajador de Alemania, en 1936, para sondear una vez más todas las posibilidades que pudieran conducir a un entendimiento con Inglaterra— en la historia de las relaciones diplomáticas.

Realmente, Adolf Hitler había estado pugnando por “un entendimiento con Inglaterra”, es más, por una “alianza inglesa”, desde el principio de su vida pública. Ya desde una fecha tan temprana como 1924 había establecido claramente en


1 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 93.

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su libro inmortal, “Mein Kampf”, las líneas principales de su nueva política (“nueva”, al menos tras la Primera Guerra Mundial). Y, lo que es más, aun cuando sin duda estaba justificada desde un punto de vista estrictamente político, esta política tenía —como todo lo que hizo el Führer— un significado y alcance definitivamente suprapolítico, e incluso tenía una justificación mayor desde el punto de vista de la Naturaleza, es decir, del de la verdad viviente. Descansaba en el sólido hecho biológico de la sangre común. Y aunque de acuerdo que era algo bastante diferente de la política continental de Adolf Hitler —aunque allí no había, por ejemplo, la demanda de que “pueblos de la misma sangre estuvieran bajo un mismo estado”—, no obstante podría haber sido formulada con frases impresionantemente paralelas a aquéllas que proclaman, en la primera página del “Mein Kampf, la legitimidad de la incorporación de Austria al Reich alemán; es decir: el inspirado Líder habría mantenido de seguro que “aun en el caso de que, económicamente, fuese indiferente o resultase incluso perjudicial”1, todavía se debía buscar la alianza inglesa, puesto que “pueblos de sangre similar” deben permanecer juntos.

Era —una vez más en perfecta consistencia con los principios y el carácter general del Nacional Socialismo— una política completamente revolucionaria. Revolucionaria, no sólo porque era una ruptura con el pasado reciente y —aparentemente— un regreso a una tradición política más antigua, sino porque era el resultado de una actitud en completa contradicción con la de todos los políticos europeos desde al menos los últimos mil quinientos años, y un regreso al espíritu y a las costumbres correspondientes a una edad largamente olvidada, cuya cordura todavía no había sido destruida por supersticiones terrenales, poruña parte, y consideraciones sobre asuntos extremadamente mundanos, por la otra, y en la cual la sangre común era, como cosa corriente —tal como la Naturaleza intentó que fuera—, la


1 “Mi Lucha”, tomo I, pág. 1.

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base más válida imaginable de colaboración amistosa y constructiva; en otras palabras, porque era una ruptura con la falsedad —la rebelión del hombre contra la Naturaleza— que es el rasgo distintivo (y crecientemente visible) de nuestro Edad Oscura.

El sistema de alianzas políticas que había prevalecido hasta entonces, y que aún prevalece, estaba precisamente estampado con el signo de lo falso —como prácticamente todas las instituciones humanas de esta Edad. Una fe dogmática común (durante el primer milenio de la era cristiana y algo después) y posteriormente, cada vez más, unos intereses materiales comunes (o supuestamente comunes) han sido, independientemente de la sangre y, la mayor parte de las veces, en flagrante oposición a cualquier idea de solidaridad natural de la sangre, el vínculo principal entre los poderes aliados. Carlomagno y sus guerreros lucharon, con la bendición de la Iglesia Católica —el poder internacional (y antinacional) más antiguo de Europa— contra los lombardos y contra los sajones, pueblos de estirpe germánica como ellos mismos. Y setecientos años después, Francisco I, Rey de Francia —un rey ario—, se alió, en razón de codicia dinástica, con los turcos en contra del Reich alemán, lo cual fue incluso peor —si es que algo podía ser peor. Y en la historia posterior, cálculos de mero beneficio material han jugado una parte siempre creciente en la actitud de los gobernantes hacia las naciones “amigas” y “enemigas”, sin que el mencionado beneficio sea en realidad de nadie excepto de unos pocos magnates internacionales —judíos; o carentes de raza— que representan la separación completa de la “política” de la vida nacional en el auténtico sentido de la palabra. La típica mentalidad de la Edad Oscura1 tras ese insano sistema era la misma que la de una influyente minoría británica que, ya a fines


1 “Cuando la sociedad alcanza un estado en el cual la propiedad confiere rango; en el que la riqueza se convierte en la única fuente de virtud .... entonces estamos en el Kali Yuga o Edad Oscura” (Vishnu Purana).

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del siglo XIX, defendía, en el nombre de un nacionalismo desorientado y eminentemente comercial, la más extrema política antigermana. Dicha política apenas se puede expresar de una forma más clara y cínica que en el ensayo de Sir Philip Chalmers Mitchell: “Una visión biológica de nuestra política exterior a cargo de un biólogo”, publicado el 1 de Febrero de 1896 en el “Saturday Review” de Londres y recientemente citado in extenso por Hans Grimm1. En él, no sólo son recalcados los intereses comerciales ingleses como si no hubiera otra cosa en el mundo; no sólo se apunta a Alemania —el próspero y por tanto peligroso rival— como el principal enemigo de Inglaterra a despecho de su innegable similitud biológica, sino que es precisamente esa similitud biológica, esa comunidad de sangre y esa comunidad de naturaleza, que son consecuencias de aquélla (esa similitud en cualidades profundas y permanentes), el hecho esgrimido para hacer de la guerra entre Inglaterra y Alemania algo inevitable, más aún, para hacer que esa guerra sea una guerra hasta el final2; es el hecho que exhorta a Sir Philip Chalmers Mitchell, profesor de biología —y posteriormente (de 1916 a 1919), miembro del Estado Mayor General británico—, a parafrasear, aplicándoselas a la nación hermana de Inglaterra, las famosas palabras inmisericordes que el romano Cato acostumbraba a repetir contra Cartago, el rival semítico de Roma, y decir: “Delenda est Germania” —“Alemania debe ser destruida”.

Es difícil determinar si Adolf Hitler conocía o no la existencia de esa curiosamente esclarecedora pieza de la literatura inglesa. Posiblemente sí; el ensayo fue distribuido, ya en fecha de su publicación, entre los círculos diplomáticos y militares de Alemania, sin que nadie, salvo unos pocos hombres excepcionales, como el Almirante Tirpitz, se lo tomase en serio en aquel entonces o posteriormente. Tal vez no. Pero incluso así, él


1 Tanto en su “Erzbischofschritt” como en “Warum? Woher? aber Wohin?.
2 Ver el texto del ensayo.

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era perfectamente consciente de la actitud ampliamente extendida que ahora se expresa de forma tan inequívoca; de esa supersticiosa hostilidad hacia Alemania, enraizada en el temor a ser comercialmente superada; actitud que es, con pequeñas diferencias circunstanciales, la de Eyre Crowe, y más próximo a nosotros, la de Sir Robert Vansittart, la de Duff Cooper, la de Eden y la de Winston Churchill.

El era consciente de ello, y sin embargo, desde el principio de su vida pública, y de forma constante —es más, tal como veremos, incluso durante la guerra—, tendió su mano a Inglaterra en un gesto de amistad -en un espíritu de reconciliación absolutamente sincera, total e incondicional, sin una sombra de rencor y mucho menos de venganza. El hizo todo lo que pudo, no por “apaciguar” a la dueña de los Siete Mares, cuyo poderío nunca temió ni odió, sino por ganar su confianza y colaboración, con absoluta buena fe: por romper ese miedo supersticioso a una Alemania poderosa, que inteligentes y en algunos casos irresponsables agentes de las Fuerzas Oscuras habían estado alentando en su pueblo desde hacía al menos cuarenta años, y por despertar en él la dormida conciencia de la hermandad de la sangre, más profunda, auténtica y fuerte que cualquier estrecha realidad política o comercial —eterna, mientras que beneficio y poder están limitados en el tiempo.

Gobiernos e Iglesias, en tanto que realmente no encarnan y expresan adecuadamente el alma colectiva de un pueblo, están también limitados en el tiempo. Quizás, Inglaterra estaba viviendo bajo un régimen político totalmente diferente —más aún, justo el opuesto— de aquél que Adolf Hitler había dado a Alemania. Pero éste era un asunto secundario. Alemania misma había vivido bajo un régimen diferente hasta 1933. Y muy posiblemente, incluso un autentico “régimen popular” —en una Inglaterra Nacional Socialista— habría sido, en muchas cosas, profundamente diferente del régimen Nacional Socialista

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alemán. Quizás, prejuicios morales y religiosos hondamente enraizados (obediencia ciega a consagradas instituciones e ideas) prevendrían a Inglaterra de aceptar algunas de las verdades biológicas duras y simples sobre las que se basa el genuino Nacional Socialismo, y de compartir de forma entusiasta esa bárbara escala de valores que es, estrictamente hablando, inseparable de éste. Aún incluso eso era, desde el punto de vista de la realidad permanente y natural, es decir, desde el punto de vista del Profeta, una materia de orden secundario. Ello no alteraba el hecho de que, considerando sus dominios ultramarinos, Inglaterra era antes de la Segunda Guerra Mundial —a pesar de obvias debilidades, errores y crímenes: a pesar de haber hecho, apenas cuarenta años atrás, la más vergonzosa guerra contra los Boers en Sudáfrica; a pesar de haber introducido, a través de sus misioneros y escuelas, el microbio de la Democracia (e involuntariamente, el del Comunismo) en una tierra como la India— el gran poder dirigente ario. Su Imperio era, como realidad histórica, uno de los grandes logros materiales de la raza nórdica —impensable, salvo por las cualidades de carácter de los mejores hombres de entre aquéllos que lo edificaron y dirigieron: osadía; perseverancia; sentido de la responsabilidad y sentido del honor; genio organizativo unido a idealismo altruista: cualidades nórdicas.

Adolf Hitler proclamó repetidamente su determinación de respetar la integridad del Imperio Británico. Una y otra vez declaró que el Estado Alemán Nacional Socialista iba a considerar toda forma de política colonial “pre-1914” y todo tipo de competición comercial agresiva con Inglaterra como cosa del pasado. Y él sentía totalmente lo que decía. Lo sentía porque veía sin duda en esa “alianza con Inglaterra” que tan impacientemente instó a J. von Ribbentrop a “traerle”, ina garantía del desarrollo pacífico de Alemania y de la posterior evolución y expansión irrefrenable del Nacional Socialismo —el interés más alto de Alemania, tanto de forma inmediata como a

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largo plazo. Lo sentía también porque la colaboración amistosa entre dos naciones dirigentes de sangre nórdica se le representaba, desde un punto de vista suprapolítico, como un inequívoco dictado de sentido común; como el rumbo en armonía con el significado de la vida (el cual debería ser también el significado de la “política”, si es que va a dejar de ser una mera intriga de negocios), y por consiguiente, la política acorde, tanto a inmediato como a largo plazo, con los intereses de la humanidad superior en el sentido biológico de la palabra, y, consecuentemente, “con los intereses del Universo”, por citar de nuevo las sagradas palabras del Bhagawad-Gita. El tendió su mano a Inglaterra tanto como hombre de Estado sabio y clarividente como “Hombre contra el Tiempo”.

Pero los hombres dirigentes de Inglaterra —y un número de personas de relevancia en Alemania— no eran sólo políticos cortos de miras, sino agentes activos de las Eternas Fuerzas de la Oscuridad Los esfuerzos de Adolf Hitler fueron sistemáticamente neutralizados a través de su obstinada hostilidad y la de los invisibles Poderes de desintegración y muerte tras ellos.

* * *

Si J. von Ribentrop hubiera tenido éxito en lograr esa alianza anglo-germana que Adolf Hitler deseaba tan fervorosamente, la Segunda Guerra Mundial no se habría producido. Y los Poderes invisibles de desintegración habrían tenido que inventar otros medios para empujar a la presente Creación un paso más cerca de su perdición. La formación en Alemania de una eminentemente eficiente elite dirigente nacional socialista habría asegurado la estabilidad del régimen y, la que es más, la aceptación definitiva de la nueva escala de valores y la nueva concepción de la vida “en armonía con el primitivo significado de las cosas”, primero entre Adolf Hitler y su

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pueblo, y después, gradualmente, entre todos los pueblos de sangre aria; en otras palabras, habría producido una rebelión general de la raza indo-europea (y, a través de la influencia de esta última, de todas las razas nobles) contra la fatal presión descendente del Tiempo. El triunfo de una rebelión tal habría significado el fin de esta Edad Oscura y, bajo la divina Swastika, Signo del Sol, Signo de la Vida en su prístina gloria, “un nuevo cielo y una nueva tierra”. Pero, como he dicho antes, esto es precisamente lo que las fuerzas de la Muerte estaban abocadas a intentar impedir. Lo intentaron con maestría diabólica, sabiendo que era quizás su última oportunidad en el presente Ciclo de Tiempo de triunfar a gran escala en la tierra.

La experiencia de J. von Ribbentrop con los hombres dirigentes de Inglaterra fue una continua sucesión de decepciones. El Secretario Permanente de Estado, Sir (posteriormente Lord) Robert Vansittart, a quien había esperado convencer de las ventajas de una estrecha colaboración anglo-germana, persistió inexorable en su actitud antigermana —sus desconcertantes actos no se pueden intentar justificar ni siquiera a través de cierta clase de lógica1. “Con Vansittart”, iba a escribir diez años después el Embajador Alemán, poco antes de su muerte mártir en Nuremberg, “sentí que tenia ante mi un hombre con una opinión absolutamente fija: el hombre del Foreign Office, que no sólo apoyaba la tesis del ‘balance de poder’ sino que también encarnaba el principio de Sir Eyre Crowe: ‘¡Pase lo que pase nunca pactes con Alemania!’. Tuve la definitiva impresión de que este hombre ni tan siquiera una sola vez intentaría acercar a nuestros dos países. Cada palabra dirigida a él estaba sencillamente malgastada”2. Winston Churchill, aunque de acuerdo que más abierto, no era menos irreductiblemente opuesto a cualquier alianza anglo-germana. El pensamiento mismo de una Alemania


1 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 96.
2 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 97.

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poderosa le llenaba de amargura, más aún, de odio. Y estaba determinado a hacer todo lo posible por impedir que su pesadilla se convirtiese en una realidad permanente. “Si Alemania crece demasiado fuerte, será derribada de nuevo”, declaró con brusquedad en el transcurso de una conversación de largas horas con J. von Ribbentrop, en 1937. Y añadió, al recordarle el Embajador que Alemania tenía amigos: “Oh, somos bastante buenos en enviarles al infierno”1, pronóstico que —¡ay!— realmente iba a tener lugar unos pocos años después. Churchill, uno de los más inteligentes y eficaces agentes de las Fuerzas de desintegración al final de esta Edad de las Tinieblas, comprendió tanto la mentalidad de los políticos profesionales como la del embotado, engreído, inconsistente y crédulo hombre medio: factores humanos últimos detrás de la “opinión pública” y la política mundial bajo un orden Democrático.

Las esperanzas que uno pudiera haber sido inducido a extraer de la actitud amistosa hacia Alemania del Rey Eduardo VIII, fueron abruptamente apartadas a un lado por la bien conocida abdicación del Rey en 1937. “Con su abdicación”, establece el anterior Embajador Alemán en las Memorias que ya he mencionado, “la causa de la alianza anglo-germana perdió una posibilidad”2. Y el resto de las posibilidades no iban a materializarse. Se apoyaban en la influencia que una minoría de perspicaces hombres ingleses, racialmente conscientes y carentes de prejuicios, no conectados en ninguna forma con abiertas o secretas organizaciones mundiales judías o pro-judías —hombres como Sir Oswald Mosley y algunos de los miembros más ilustres de la Asociación Londinense Anglo.Germana—, pudieran ejercer en círculos gubernamentales y sobre la opinión pública. Y esa influencia fue prácticamente insignificante. En los círculos gubernamentales británicos, a la saludable Alemania de Adolf Hitler se la veía con recelo —erróneamente, sin duda,


1 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 97.
2 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 104.

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pero al mismo tiempo de forma muy real— como una creciente amenaza. Y la admiración cierta que tantos miles de ingleses no podían dejar de sentir por los logros sociales del inspirado gobernante, estaba con la ayuda de la prensa— dando pie de forma permanente al resentimento ante la idea de la posición dirigente a la cual se había elevado Alemania con él, tanto económica como políticamente, en apenas tres o cuatro años y sin el uso de la guerra. La prosperidad y el poder creciente de la nación hermana en con seguridad el tributo más elocuente a la orgullosa fe de la “sangre y suelo” que ahora llenaba las vidas y los corazones de su pueblo. En Inglaterra se quería la paz, por supuesto. ¿Quién no, tras una guerra como la de 1914-1918? Y estaba —o debería haber estado— bastante claro que una alianza anglo-germana habría significado paz duradera. Sin embargo, se sentía oscuramente que tal paz sólo podía ayudar a Alemania a ser más y más fuerte, y ayudar al Nacional Socialismo a ganar prestigio dentro y fuera de las fronteras del Reich. Se les había explicado a los británicos desde hacía siglos que todo país que se alzase a una posición de prominencia en el continente europeo suponía “una amenaza contra Inglaterra”. Esta no era únicamente la opinión del Foreign Office; había crecido hasta convertirse en una ampliamente extendida superstición británica, más dura de extirpar que cualquier otra “opinión”. No iba, por consiguiente (y ello tanto si estaba como si no dentro de los intereses de la paz), a permitírsele a Alemania llegar a ser “demasiado fuerte”.

Fue fácil —de nuevo con la ayuda de la todopoderosa prensa— llevar al inglés medio a creer sobre ese punto lo mismo que Mr. (posteriormente Sir) Winston Churchill, y desde bastantes lados se le dijo al inglés medio, discretamente al principio, y bastante descaradamente después, que la nueva Alemania era inconcebible separada de su credo nacional socialista y que dicho credo tenía una “peligrosa” orientación suprapolitica, es más, decididamente anticristiana (lo cual era

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cierto sin duda, aunque en un sentido bastante más profundo del apuntado en los artículos periodísticos y en los panfletos propagandísticos)1. Las organizaciones que financiaban esto último estaban, de hecho, más interesadas en dañar a Alemania que en salvar “la civilización Cristiana” —no digamos ya la esencia original del Cristianismo (la doctrina extraterrenal “sobre el Tiempo”), que no estaba amenazada en forma alguna. Pero los píos argumentos eran inteligentes (cuanto más ilógicos, más inteligentes); bien calculados para impresionar a las masas no-pensantes y a los falsos intelectuales. Y dieron su fruto. En adición a todo ello, la cada vez mayor “actitud fuera de todo compromiso”2 que el mismo Adolf Hitler estaba empezando a tomar con respecto a las iglesias cristianas —es decir, su intento definitivo por prevenir cualquier interferencia de las Iglesias en los asuntos del Estado—, estaba abocada a dar molienda a los molinos de la propaganda antinazi. Condujo a la tensión más alta entre el Estado Nacional Socialista y el Vaticano, y “a la movilización de todas las energías de las Iglesias contra nosotros, también en los países protestantes, escribe J. von Ribbentrop; “un desarrollo extremadamente significativo y desventajoso desde el punto de vista de la política exterior”3.

Se hizo cada vez más claro que la “alianza inglesa” por la que Adolf Hitler había pugnado tan seriamente, era una imposibilidad psicológica. No sólo los hombres más influyentes del Foreign Office, sino también “la atmósfera” del país estaba en contra de ella. Unas pocas semanas antes de ser promocionado de la posición de Embajador en Londres a la de Ministro de Asuntos Exteriores del Reich Alemán, es decir: ya a finales de 19374, J. van Ribbentrop envió a Adolf Hitler un


1 Entre éstos, deberían recordarse los folletos publicados por “Los amigos de Europa”, citando extractos de escritores nacional socialistas.
2 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 127.
3 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 127.
4 El fue nombrado Reichsaussenminister el 4 de Febrero de 1938.

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detallado informe1 al final del cual se encuentran las siguientes palabras: “No creo por más tiempo en la posibilidad de un entendimiento con Inglaterra. Inglaterra no quiere a una Alemania poderosa en su vecindad”; “Aquí se cree firmemente en la eficiencia del Nacional Socialismo” (es decir, se cree en que dará a Alemania cada vez más poder); “Eduardo VIII fue obligado a abdicar porque no se estaba seguro de si apoyaría una política de hostilidad hacia Alemania. Chamberlain ha elevado ahora a Vansittart, nuestro más importante y duro oponente, a una posición tal que le capacita para adoptar una posición dominante en el juego diplomático contra Alemania. Por mucho que se pueda, mientras tanto y por razones tácticas, tratar de llegar a un entendimiento, cada día futuro en que nuestras consideraciones políticas falten de estarfundamentalmente determinadas por la concepción de Inglaterra como nuestro más peligroso oponente, será una ganancia para nuestros enemigos”.

No quedaba realmente nada más que hacer excepto afrontar el hecho de que el gran sueño de Adolf Hitler de un liderazgo mundial ario sobre la base de una sólida colaboración pacífica entre las dos principales naciones europeas de tronco germánico, no era —y, al menos durante mucho tiempo, no era probable que lo fuera— el sueño de Inglaterra. Fue sin duda una lástima; tan grande incluso que los pocos ingleses racialmente conscientes probablemente se dieron cuenta de ella en aquel entonces. Las clases dirigentes inglesas estaban completamente bajo las garras del judaismo internacional, que usó astutamente, en su propio interés, tanto su temor comercial a una Alemania poderosa, como su objeción moral (o supuesta) contra la visión nacional socialista de la vida, en particular, contra el antisemitismo nacional socialista, y el pueblo británico, privado, a través del conjunto de modernos medios acondicionantes, de su capacidad natural de duda, análisis y libre elección, creyó lo que se le estaba contando, y reaccionó ante los sucesos


1 Deutsche Botschaft, London, A. 5522.

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mundiales como sus amos invisibles —los judíos— esperaban que lo hiciera. Quizá un día despierte —cuando ya sea demasiado tarde (y Adolf Hitler, el Hombre “contra el Tiempo”, primero un profeta y después un político, nunca dejó de sentirse seguro de que tal día llegaría). Mientras tanto, sin embargo, sus amos judíos vieron en ello que la visión del gran despertar alemán no le elevaría fuera de su confortable apatía —al menos, no lo suficientemente rápido como para descubrir los engaños a los que había sido sometido y negarse a seguir a sus malvados pastores en el camino de la guerra fratricida.

Incapaz de romper la influencia judía en Inglaterra, Adolf Hitler reforzó sus lazos con las dos naciones con las que Alemania estaba en concordancia ideológica: Japón y la Italia fascista, que habían firmado —la primera en Noviembre de 1936, y la última un año después el Pacto Anti-Commintern, pacto que Inglaterra continuamente había rehusado firmar1.

Sin embargo, una vez más a causa de que él era primero un Profeta y después un político; porque sentía, a pesar de todo, a la Inglaterra eterna y real detrás de la Inglaterra judaizada de hoy, y la esencia de la divina Arianidad detrás de la eterna Inglaterra, jamás abandonó su viejo sueño de amistad, y nunca renunció a aguardar un “cambio de corazón” en el lado británico.

* * *

Los gérmenes de la Segunda Guerra Mundial yacían en el Tratado de Versalles. Y la única posibilidad de una paz duradera residía, no sólo en una completa revisión de aquella obra vergonzosa, sino en la supresión definitiva del espíritu que la produjo —es decir, en la abolición en los corazones de la mayoría de los europeos de ese viejo temor morboso y odio gratuito a una Alemania fuerte. De hecho, el infame Tratado


1 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 112.

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nunca fue revisado, y al mapa político de Europa nunca le fueron devueltos los trazos de cordura sobre la base de aquel “derecho de los pueblos a disponer de sí mismos” que los vencedores de 1918 habían proclamado tan frecuente y ruidosamente. Y en vez de ser suprimido, o al menos de dejársele morir, el temor y el odio fueron cultivados de forma sistemática y más astuta que antes en Inglaterra, Francia y en los pequeños países que habían luchado en el bando aliado durante la Primera Guerra Mundial; en aquéllos que se habían mantenido neutrales; en los Estados Unidos de América —de todos los países, el que menos razones tenía para sentirse amenazado por un Gran Reich Alemán tras el Océano Atlántico— y, por extraño que pueda parecer, en algunos países no-europeos como la India, a cuyo pueblo nada le importaban los problemas fronterizos de la Europa Central y del Este, y que no poseía (salvo una o dos resplandecientes excepciones individuales) la más ligera idea de historia europea1; países a los que Alemania nunca había dañado, mientras que Inglaterra sí... ¡Y cómo!

Bajo la influencia de esos agentes de las Fuerzas de la Oscuridad, que habían preparado el mayor crimen de la historia de la diplomacia y que ahora estaban supervisando su consumación, se les hizo olvidar o impidió conocer de forma sistemática a los pueblos de todo el mundo, salvo a los de los “países fascistas”, el hecho de que “los austríacos” —representantes del pequeño núcleo alemán que durante siglos había gobernado y mantenido unidos a los muchos y variados grupos nacionales comprendidos en el “Imperio Austro-Húngaro”— eran y habían sido siempre alemanes; y que su parlamento había votado, inmediatamente después de la


1 Para ser justos, debe destacarse que muchos de los americanos —hijos de emigrantes europeos— y europeos ocádentales que ayudaron en la elaboración del Tratado de Versalles, no sabían más sobre historia y geografía de Europa Central de la que porbablemente supiera un coolie hindú.

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partición del Estado Austro-Húngaro al final de la Primera Guerra Mundial (mucho antes de que Adolf Hitler llegase al poder, más aún, antes de que su partido viera la luz), unánimemente a favor de la fusión entre Austria y Alemania. Se les hizo olvidar o impidió conocer el hecho de que nunca habían existido ni podrían existir criaturas tales como “checoslovacos”, y que “Checoslovaquia” era un estado enteramente artificial, establecido por el Comando Aliado en 1919, independientemente de los checos, y de los eslovacos, rutenos, cárpato-ucranianos, etc., todos ellos nada deseosos de vivir juntos bajo una dirección checa, y de los aproximadamente tres millones de alemanes, aún si cabe menos deseosos de ello que los anteriores, arrancados de su patria por el Tratado de Versal les, y más agraviados por el dominio checo que cualquier otro de los componentes del ridículo estado; y el hecho de que la única razón para la creación de tal estado —contra la biología, contra la historia, contra la geografía, contra la economía, contra la Naturaleza— residía en su acción preestablecida como espina permanente en la carne del ya mutilado Reich Alemán. Fueron intencionadamente mantenidos en la ignorancia sobre las provocaciones diarias de los checos al territorio alemán de los Sudetes y a los alemanes dondequiera que estos vivieran en el nuevo Estado; mantenidos igualmente en la ignorancia sobre la opresión que ejercían los checos sobre el resto de elementos no-checos de “Checoslovaquia”: eslovacos, rutenos, cárpato-ucranianos, etc. Los pueblos del mundo entero fueron mantenidos sistemáticamente en la ignorancia sobre el hecho de que la “nueva Polonia” que los vencedores de 1918 habían devuelto a la existencia después de ciento cincuenta años, lejos de ser homogéneamente polaca, comprendía importantes minorías alemanas y rusas; sobre el hecho de que el “Corredor” que enlazaba la mayor parte de ella al Mar Báltico —separado Prusia del Este del resto de Alemania— era territorio alemán, cuyos habitantes fueron sometidos a continuas vejaciones por

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parte de los polacos, y que Danzing era una ciudad alemana. Se les hizo olvidar —o impidió conocer— que el Sarre y el territorio del Memel eran partes de Alemania; que la zona del Rhin —ocupada por Francia desde 1923— era también una parte de Alemania. Y todos los esfuerzos que Adolf Hitler hizo por romper sin el uso de la guerra el cinturón de Estados y ejércitos hostiles que los vencedores de 1918 habían estrechado en tomo al Reich Alemán; todos los esfuerzos por hacer ganar a Alemania sin el uso de la guerra un status de “igual trato” —Gleichberechtigung— entre las naciones dirigentes de Occidente —la reanexión del Sarre en 1935, tras un plebiscito en el que d noventa y nueve por ciento de sus habitantes votó por Alemania; la reocupación pacífica del Rhin en 1936; la reincorporación al Reich de Austria (en Marzo de 1938) y, unos pocos meses después, la de los Sudetes, sin mencionar la anterior salida de Alemania de la Liga de Naciones y su decisión de restablecer el servicio militar obligatorio después de que todas sus propuestas honestas en favor de un desarme general hubiesen sido rechazadas—, fueron presentados en todas partes —ya sea en los periódicos de Londres, Nueva York o Calcuta— como la consecuencia del resurgimiento del “militarismo alemán” y como la evidencia de una “amenaza a la civilización”.

Como ya establecí, lejos de aceptar la mano amistosa que Adolf Hitler le tendiera, Inglaterra se hizo cada vez más inflexible en su resolución de no tratar con Alemania, pasase lo que pasase; es decir, se lanzó fatalmente, cada vez más, en la dirección que Sir (después Lord) Robert Vansittart, Mr. (después Sir) Winston Churchill, etc. estaban pugnando por dar a su política exterior. Es más, hay motivos serios para creer que las vejaciones que sufrió la población alemana en los Sudetes y en el “Corredor” polaco por parte de checos y polacos, estuvieran animadas, cuando no realmente provocadas, por agentes del Servicio de Inteligencia Británico. En otras palabras, Inglaterra no sólo estaba haciendo cuanto podía por crear las condiciones más apropiadas que condujesen a la guerra, sino

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que se aseguraba de antemano el poder un día lanzarle la culpa Alemania, en esta ocasión, a la Alemania nazi —como en 1918. Su satélite europeo más importante —Francia— y el poder mundial del que ella misma (más deprisa de lo esperado) se iba a convertir en satélite —los Estados Unidos de América— le ayudaron eficazmente en su sucio juego.

Sin embargo, la guerra no habría sido —quizás— inevitable de no haber sido por una camarilla de bien organizados traidores alemanes de alta posición —von Weizsácker y Kordt, ambos funcionarios de alto rango del Ministerio de Asuntos Exteriores; el General Beck y el General Haider, sucesivos jefes del Estado Mayor alemán; el Teniente-Coronel H. Boehm—Tettelbach y otros oficiales de primer rango del ejército alemán; Wilhelm Canaris, Jefe del Servicio de Inteligencia Militar, y otros, algunos de cuyos nombres iban a ser ampliamente conocidos de la noche a la mañana en conexión con el atentado del 20 de Julio de 1944 contra la vida de Adolf Hitler, y también unos pocos cristianos militantes, sacerdotes y seglares, demasiado conscientes del hecho de que una victoria definitiva del Nacional Socialismo podría significar nada menos que el fin del Cristianismo y de la “Civilización Cristiana”, y decididos a prevenir a cualquier precio dicho suceso, incluso al coste de la destrucción de Alemania; hombres a cuyos sentimientos Bonenhófer iba a dar expresión durante la guerra por medio de una frase muy clarificadora: “¡Mejor una Alemania devastada que una Nacional Socialista!”.

Tales elementos fueron más importantes de lo que generalmente se está inclinado a creer. Literatura política de post-guerra —empezando por la propia descripción de sus pasados actos por parte de traidores supervivientes en detalladas “Memorias”— prueba que ellos estaban incrustados en toda la maquinaria del Estado Nacional Socialista. Y estaban activos desde bastante antes de la guerra; de hecho, desde el mismo día en que Adolf Hitler ascendió al poder. Y estaban en

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contacto permanente y secreto con los peores enemigos de Alemania a través de círculos diplomáticos extranjeros.

Hicieron todo cuanto fue posible por animar a los políticos extranjeros, especialmente a los ingleses, en su voluntad tozuda y corta de miras tendente a impedir a toda costa cualquier materialización del programa territorial de Adolf Hitler —en su determinación de “parar a Hitler”, tal como solían decir después de que seis millones de alemanes de Austria, al igual que habían hecho previamente los del Sarre, saludasen con singular entusiasmo su reincorporación a la tierra común. Mantuvieron regularmente informados a los hombres del Foreign Office británico sobre los planes de Adolf Hitler1, y les dieron al mismo tiempo la falsa impresión de que el régimen nacional socialista no representaba en absoluto la elección real del pueblo alemán, y que éste sería fácilmente derrotado tras el estallido de la guerra Y siempre que se elevaba la tensión entre Gran Bretaña y Alemania, enviaban enlaces secretos a Londres con instrucciones precisas al gobierno británico para que éste “no cediese”. Así, por ejemplo, fueron enviados Ewald von Kleist-Schmenzin, en Agosto de 1938, y el Oberstleutnant Boelun-Tettelbach, una quincena después, el primero por el General Beck, y el último por el General Haider (sucesor del General Beck en la jefatura del Estado Mayor alemán), para entrar en contacto “con los hombres más estrechamente conectados con el Foreign Office” y “requerir al gobierno británico que se opusiese con un categórico ‘no’ a todas las ulteriores reclamaciones de Hitler”2, en particular, “incitar a Inglaterra a mantenerse inexorable en la cuestión de los Sudetes”3. Es ahora sabido que Ewald von Kleist-Schmenzin visitó, entre el 17 y el 24 de Agosto, a numerosos dirigentes


1 Ver las “Memorias” de vons Weiszácker, publicadas en Munich en 1950.
2 Así lo declaró el mismo Hans Boehm-Tettelbach. Ver el “Rheinische Post” del 10 de Julio de 1948.
3 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 141.

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políticos británicos notoriamente antigermanos —en particular, a Sir Robert Vansittart y a Mr. Winston Churchill—, y que trajo una carta “privada” de Winston Churchill a Wilhelm Canaris, uno de los traidores alemanes más poderosos, ya mencionado1. Es ahora conocido que el Secretario de Estado alemán, von Weisácker —que se jacta, en las memorias que iba a escribir doce años después, de su “actividad constante” consistente en “obstrucción a la política exterior”—, también hizo lo que pudo, a principios de Septiembre de 1938, por fijar sobre el gobierno británico (a través de Cari Burckhardt, comisionado por Danzing en la Liga de Naciones, que inmediatamente envió el mensaje a Sir G. Warner, enviado británico en Berna, quien a su vez telegrafió al Foreign Office británico) la necesidad de enviar a Alemania, no a Chamberlain, sino a “algún enérgico militar, que pueda, cuando deba, vociferar y golpear con su bastón sobre la mesa”2 —es decir, un hombre que en vez de firmar con Adolf Hitler el bien conocido Pacto de Munich, hubiese roto las negociaciones y, aparentemente, provocado la guerra: el objetivo común de todos los enemigos del Nuevo Orden Nacional Socialista.

Todo esto —que es una simple muestra extraída de la enorme (e incluso creciente) cantidad de evidencias disponibles hoy en día— nos muestra, de hecho, que si una persona flexible como Mr. Chamberlain fue enviada dos veces desde Londres para encontrarse con Adolf Hitler, y le fueron dados poderes para firmar el Pacto de Munich, asegurando la paz (al menos por otro año), no fue, ciertamente, por culpa de los alemanes antinazis. La razón por la que el gabinete británico envió a Chamberlain —y no al “enérgico militar” que Herr von Weizsácker hubiese preferido— y la razón por la que Chamberlain


1 Ver el libro de Jan Colvin: “Master Spy: The incredible story of Wilhelm Canaris, “who, “while Hitler’s Chief of Intelligence, “was a secret agent of the British” (Nueva York, 1952).
2 Ver Holldack: “Was wirckkich geschah”; pág. 95 (Munich, 1949)

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finalmente reconoció la integración de los Sudetes en el Reich Alemán, es la misma que dos meses atrás —es decir, antes de las últimas intrigas de los traidores alemanes con vistas a provocar la guerra— había provocado el envío de Lord Ruciman a Praga, como posible mediador, a satisfacción de ambas partes (incluido el Reich Alemán), entre los checos y el Partido Alemán de los Sudetes; a saber: la necesidad de Inglaterra de ganar tiempo —“hacer una vez más algo por la paz”— porque no estaba todavía preparada para la guerra1, o más exactamente, porque los líderes del judaismo internacional tras los políticos británicos todavía no habían completado sus preparativos para una guerra mundial. Lo cual no significaba que el gobierno británico no estuviese empeñado en la guerra, tarde o temprano; la guerra para “parar a Hitler” porque él había hecho a Alemania —el temido rival comercial— libre y poderosa; y la guerra para “parar a Hitler” porque él había puesto el poder de Alemania al servicio de la verdad suprapolítica que más odia esta avanzada Edad Oscura.

Adolf Hitler estaba feliz por interpretar el Pacto de Munich como el primer paso decisivo hacia aquella amplia y duradera colaboración anglo-germana que el deseaba de forma tan sincera. ¿Acaso no estaba establecida enfáticamente en la “Declaración común” que tanto él como el Premier británico habían firmado el 30 de Septiembre, como un documento adicional recalcando el significado y la importancia del acuerdo: “Consideramos el Acuerdo firmado ayer tarde y el (anterior) Acuerdo Naval Anglo-Alemán como símbolos del deseo de nuestros mutuos pueblos de no volvernos a declarar la guerra nunca más. Estamos igualmente determinados a tratar el resto de cuestiones que afecten a nuestros países por la vía de la negociación y suavizar posibles causas de divergencia de opinión, de forma que podamos contribuir a asegurar la paz en


1 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 140.

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Europa”1? Los traidores alemanes estaban menos complacidos con el resultado de la Conferencia de Munich. Sus esperanzas de “dejar a Hitler a un lado” habían tenido que ser abandonadas. ¿Por cuánto tiempo? No lo sabían2. Pero continuaron sus sombrías intrigas tanto en Alemania como en cada país en cuya política pudieran directa o indirectamente influir, intentando despiadadamente provocar o reforzar cualquier clase de odio contra el Hombre a quien sus labios habían jurado lealtad, y contra el régimen al que aparentemente pretendían servir. Al mismo tiempo, la actitud inglesa hacia Alemania —el Estado “contra el Tiempo”— era cada vez menos amistosa, y ni que decir tiene más hostil, a pesar de todos los esfuerzos serios y honestos de Adolf Hitler. Sólo tres días antes de la solemne declaración citada anteriormente, Chamberlain anunció en la Cámara de los Comunes la decisión del gobierno británico de armarse a cualquier coste. Más tarde, “el 7 de Diciembre de 1938, a través del veto del Secretario de Estado Británico para las Colonias —sin duda alguna con la aprobación de su gobierno—, le fue negado al Pacto de Munich toda validez en relación a la cuestión de las colonias y los territorios bajo mandato, y la ‘vía de negociación’ entre Inglaterra y Alemania se cerró con respecto a la misma”.... “Al mismo tiempo,” escribe J. von Ribbentrop en sus Memorias, “el gobierno británico inició una política de colaboración aún más estrecha con Francia, y los Estados Unidos de América fueron invitados claramente a unirse a una coalición contra Alemania. El objetivo de esta nueva política consistía abiertamente en cercar a Alemania. La psicosis de guerra fue cultivada en Inglaterra ya antes de la integración al Reich de la parte remanente de Checoslovaquia El horizonte político europeo fue barrido sistemáticamente en busca de posibilidades de alianzas antigermanas. Lo que Churchill me profetizó en 1937 estaba sucediendo ahora.


1 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, pág. 310.
2 Erich Kordt: “Whan un Wirklichkeit”; edic. 1948, págs. 128 y siguientes.

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Alemania, de acuerdo a la opinión británica, se había hecho demasiado fuerte e iba a ser de nuevo derribada”1.

Los traidores alemanes de alto rango tenían, repito, una gran responsabilidad en este trágico desarrollo. Yo estoy personalmente convencida de que sin el conocimiento de su actividad, Inglaterra no habría declarado la guerra a Alemania en 1939 y “la población se habría mantenido satisfecha con una solución al problema del ‘Corredor Polaco’ impuesta a través de la violencia”2. En otras palabras, que la guerra entre Alemania y Polonia no se habría extendido a una guerra entre Inglaterra y Alemania.

Pero también estoy convencida de que la guerra entre Inglaterra (junto con su satélite europeo, Francia) y Alemania podría haber (y habría) estado localizada y finalizada en 1940, tras la victoriosa campaña de Francia, de no haber sido por un enemigo inmensamente más poderoso que todos los frustrados oficiales (e intelectuales) alemanes y que todos los políticos y hombres de negocios británicos anticuados y cortos de miras, a saber: el líder de las fuerzas (abiertas o secretas) antinazis en todo el mundo; el enemigo: el judío.

Ese —y quienquiera que en cualquier parte del mundo se permita estar, directa o indirectamente, influenciado por él— es el responsable del hecho de que la guerra entre Inglaterra y Alemania no finalizase —no pudiese finalizar— en 1940 con la paz honorable que Adolf Hitler generosamente ofreció a su nación hermana.

* * *


1 J. von Ribbentrop: “Zwischen London und Moskau”; edic. 1954, págs. 146-147.
2 Friedrich Lenz: “Der ekle Wurm der deutschen Zwietract”, edic. 1952, pág. 100.

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No hubo (originalmente), ya sea en la propia mente de Adolf Hitler o en la de cualquiera de sus discípulos que tuviera algo que decir en la interpretación y aplicación de su pensamiento, la más ligera intención de perseguir a los judíos. Desde luego, pudo haber habido entre las filas de militantes nacional socialistas casos individuales de violencia contra especímenes de esa particularmente ofensiva y totalmente indeseada variedad de extranjeros —ejemplos esporádicos (y bastante comprensibles) de odio nacional largamente reprimido o de menos loable venganza personal, en ningún caso alentados por los líderes del joven Movimiento ni justificables a la luz de la Weltanschauüng Nacional Socialista. No hubo molestias sistemáticas dirigidas a los judíos, ni mucho menos planes de exterminarlos. Medidas drásticas como “liquidaciones” en masa —o esterilizaciones en masa— no habían sido previstas.

Todo lo que Adolf Hitler había hecho era señalar al judaismo internacional —a la finanza judía internacional: pero no sólo a la finanza judía internacional, sino a los judíos (y medio judíos) mismos y al espíritu judío— como la fuerza siniestra detrás de la traición a Alemania durante la Primera Guerra Mundial, de su derrota en 1918 y de la subsiguiente humillación y miseria, y como el alma de la política del Tratado de Versalles —lo cual era, históricamente hablando, absolutamente cierto. Y todo lo que él quería era liberar Alemania (y a ser posible, Europa) de la pestilencia judía —bajo todas sus formas y en todos sus dominios: política y económicamente, sin duda, pero también biológica y espiritualmente (de hecho, él estableció desde el principio —y eso porque era infinitamente más que un “político”— que la separación biológica de los judíos y la liberación de su influencia moral y espiritual significaba automáticamente liberarse también política y económicamente de ellos).

En el Punto Cuatro de los famosos Veinticinco Puntos —las bases inamovibles del Programa del Partido Nacional Socialista— puso fin a la vieja y demasiado ampliamente

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extendida mentira que consiste en llamar a un judío que habla la lengua del pueblo extranjero entre el que nació y se crió, un hombre de ese pueblo. Y proclamó audazmente que, en razón de su sangre, ningún judío —cualesquiera que fuesen sus capacidades o logros, y por mucho que hiciera que su familia estuviese establecida en Alemania— puede ser ciudadano alemán. De esta forma estableció —por primera vez en Occidente desde el declive del mundo greco-romano (es decir, desde que un no ario podía, si quería, convertirse en ciudadano romano) y desde el saludable reinado gótico de Teodorico el Grande— los fundamentos de un Estado natural y racional; de un Estado de acuerdo a los dictados de la vida.

En ese largo y aburrido proceso de decadencia (con una corta, muy corta parada gracias a aquel excepcional rey germánico) que es la historia de Occidente desde el día en que la ciudadanía romana perdió su significado y valor, esto fue una revolución —¡y menuda revolución! Pero no fue un acto de hostilidad hacia los judíos. Fue una reacción sana e ilustrativa contra la majadería de toda “naturalización” hasta el punto en que esta última es un insulto a la biología; una proclamación de la verdad eterna de la sangre contra la largamente aceptada pero sin embargo chocante mentira encarnada en todas las regulaciones humanas que la desafían. En otras palabras, fue un acto “contra el Tiempo”; contra la siempre creciente falsedad de nuestra Edad de las Tinieblas (el hecho de que los judíos y no los negros ni los hotentotes ni los papuas sean mencionados en el Punto Cuatro se debe simplemente a la presencia de los primeros como la única comunidad no-aria viviendo en Alemania y jugando un papel en la vida alemana).

Ya en los días de la lucha por el poder, todo militante nacional socialista pedía al pueblo alemán que no comprase en las tiendas judías, ni que creyese a los periódicos financiados por los judíos, etc., en otras palabras, le pedía liberarse por sí mismo de la dominación judía a través de todos los medios

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posibles; por iniciativa individual y sin la ayuda de unas leyes que no existían. Uno debe admitir que ello era natural en una campaña dirigida bajo el nombre de la libertad nacional —natural, y ni nuevo ni único. Sin embargo, la reacción a ello fue, en todo el mundo (y no sólo en los círculos comunistas), una protesta cada vez más ruidosa contra el “antisemitismo” nacional socialista.

De forma bastante curiosa, en la lejana India, Mahatma Ghandi, el profeta de la “no-violencia” —un hombre, en muchos aspectos, en evidente contraste con Adolf Hitler, pero también, como él, un “hombre contra el Tiempo”—, también estaba, desde 1919 en adelante, apremiando a sus discípulos a ‘boicotear los productos británicos”, así como la educación “occidental” —es decir, la cristiana— y sus costumbres; a hilar su propio algodón, a tejer sus propias ropas y volver a la vida sencilla de los antiguos días; a liberarse ellos mismos tanto de la dependencia económica como de la corrupción moral resultante del yugo extranjero. Nadie le culpó por ello. Muchos en la misma Inglaterra —y algunos de entre los ingleses más prominentes de la India, cuyo trabajo consistía en obstruir sus acciones— no podían dejar de admirarle. La única critica que se atrajo (principalmente de los marxistas o sus simpatizantes) fue la de ser un enemigo del “progreso” y un utopista, cuya resistencia pasiva no era la respuesta apropiada a la “opresión colonial”. Pero nadie le culpó por buscar la liberación de su pueblo del dominio extranjero —nadie; ni incluso los mismos ingleses.

El dominio judío en Alemania (y en general en Europa) era —y es, una vez más, desde 1945—, sin embargo, bastante peor que el dominio británico en la India o, dicho sea de paso, que el de cualquier brutal dominio extranjero en cualquier país conquistado. Era —y es— invisible y anónimo, no sentido por las masas (que no tienen tiempo ni inclinación para buscar sutiles males y sus causas ocultas) ni incluso por la mayoría de los

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intelectuales, y por ello más peligroso, más asesino del alma (de hecho, el auténtico crimen de Inglaterra contra la India no fue tanto la explotación sin precedentes de sus recursos, sino la introducción —o el reforzamiento— de esa tonta exaltación del “hombre” en oposición a la naturaleza, que es, como dije antes, la esencia del espíritu judío en comparación con el ario, y que iba a preparar el camino para la posterior influencia marxista). Sin embargo, la lucha de Mahatma Ghandi fue considerada con simpatía o al menos con indiferencia. La de Adolf Hitler, con creciente inquietud, desconfianza, y pronta y definitiva hostilidad. El Punto Cuatro del Programa del Partido, y todas las manifestaciones audaces —y extremadamente exactas— sobre el nefasto papel jugado por los judíos en la historia del mundo, fueron citados (la mitad de las veces fuera de su contexto) y machacados como signos ominosos de una regresión al “barbarismo”. Y aunque todavía no se había hecho ningún daño contra ellos, muchos judíos residentes en Alemania abandonaron el país por su propia voluntad, pues sus corazones se llenaban de odio por ese mundo ario nuevo y libre que ellos sentían crecer a su alrededor y a su pesar, por ese mundo nuevo que ellos pronto ya no serian capaces de corromper y explotar a voluntad. Y llevaron su odio a dondequiera que fuesen, e iniciaron por todos los medios a su alcance —todos los medios que el odio pueda idear y el dinero conseguir— una amplia campaña mundial contra el Nacional Socialismo —ya en aquel entonces, antes de que Adolf Hitler se alzase con el poder. Cualquier nacional socialista auténtico que en aquella época viviese fuera de Alemania, en cualquierparte del ancho mundo donde existiesen cosas tales como periódicos, revistas, libros, cines o conferencias públicas (los aparatos de radio todavía no eran tan populares como pronto lo serían), recuerda este hecho demasiado bien1. Otras personas —el 95 por ciento de las cuales estarían, de una forma u otra, influenciadas por la propaganda judía—


1 Yo misma pasé esos años anteriores a la Machtübernahme parte en Francia, parte en Grecia y parte en el sur de la India, y recuerdo intensamente aquélla atmósfera (y algunos incidentes en apoyo de lo que acabo de decir).

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pueden no recordarlo necesariamente —una circunstancia que sólo prueba cuan sutil e inteligente era dicha campaña

Todo judío racialmente consciente —y todos los judíos del mundo (ya sean o no puros de sangre) son racialmente conscientes— experimentó las noticias de la victoria legaly perfectamente democrática de Adolf Hitler en las últimas elecciones al Reichstag de la República de Weimar, y su no menos legal y democrático nombramiento de Canciller del Reich Alemán, como un insulto personal de toda la nación alemana (cuya aplastante mayoría obviamente estaba detrás del líder nacional socialista) y como una derrota del pueblo judío: su primera derrota clara desde hacía muchos siglos y una elocuente advertencia. Todos estaban decididos a hacer lo posible por desestabilizar el hecho estable de un gobierno ario en Alemania (pues la toma de poder de Adolf Hitler significaba, primero y ante todo, eso) y por destruir a cualquier coste toda posibilidad de hegemonía germana en Europa (lo cual habría significado el fin de la larga e invisible dominación judía de Occidente, más aún, de la influencia secreta de los judíos en todo el mundo). Hans Grimm ha citado en un reciente libro las palabras que un “prominente judío angloparlante de Australia” dirigió a “un bien conocido almirante alemán” el 31 de Enero de 1933, es decir, justo el día después de la “toma del poder”: “Usted ha oído que el Presidente Hindenburg, de acuerdo con los resultados de las elecciones al Reichstag, ha nombrado Canciller del Reich al nacional socialista Hitler. Bien, le doy mi palabra con respecto a ello, y acuérdese de mí después, de que nosotros los judíos haremos todo lo posible por impedirlo1.

Y realmente fue fundada una organización con el nombre de “Federación económica judía internacional para combatir la opresión hitlerista de los judíos”, y en Julio de 1933, Samuel Untermeyer fue elegido en Amsterdam presidente de ella. Su discurso en Nueva York, menos de un mes después, es


1 Hans Grimm: “Warum?, Woher? aber Wohin?”, edic. 1954; pág. 187.

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la primera declaración oficial de guerra a la nueva Alemania de Adolf Hitler, y en consonancia perfecta con el carácter y determinación de su pueblo —la auténtica cría del “Padre de las mentiras”1— y con el espíritu de esta Edad Oscura en la que todos los valores naturales están invertidos, los judíos llamaron a esta guerra, que iba a ser dirigida sin piedad, “hasta el final”, contra el joven Estado “contra el Tiempo”, una “guerra santa” “por el bien de la humanidad”. Y menciona a “los millones de amigos no-judíos”, cuya colaboración demasiado bien sabia que su pueblo podía esperar. Y olvida mencionar el único motivo real de su campaña: el odio y el temor a cualquier genuino despertar ario —el único motivo, puesto que los otros que acentúa, tales como el deseo de prevenir la “inanición y exterminio” de los judíos y el de “remachar el último clavo del ataúd en el que la intolerancia y el fanatismo van a desaparecer”, son falsos. Tal como Hans Grimm —que nunca fue un seguidor de Adolf Hitler— apunta claramente, “ni una sola palabra responsable sobre inanición, asesinato o exterminio fue pronunciada en Alemania hasta después de 1938, y ni una sola acción se había tomado en esa dirección2. Y en cualquier caso, la actitud nacional socialista hacia los judíos no tenía —ni tiene—, ni antes ni después de 1938, nada que ver con el “fanatismo” o la “intolerancia”.

En 1938 —es decir, antes de la guerra con Polonia— el recién fundado Estado de Israel declaró oficialmente la guerra a Alemania, de nuevo en nombre de todos los judíos del mundo. Este segundo acto de abierta hostilidad fue, al igual que el primero, presentado como una respuesta a la supuesta “persecución a los judíos”, la cual todavía no había empezado. En realidad, se trataba de imprimir una vez más sobre las mentes de los judíos de todo el mundo (a través del enorme prestigio del Estado de Israel, símbolo de su unidad y centro de sus esperanzas) que la Alemania Nacional Socialista, la orgullosa


1 El Evangelio según San Juan, 20, versículo 44.
2 Hans Grimm: “Warum?, Woher? aber Wohin?”, edic. 1954; págs. 187-188.

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fortaleza del despertar ario, continuaba siendo su enemigo número uno; su enemigo, independientemente de lo que hiciese o dejase de hacer, simplemente porque era el baluarte de esas fuerzas que eran, son y siempre serán el polo opuesto a su ser colectivo. También se trataba de imprimir en las mentes de esos “millones de amigos no-judíos” (cuya obediencia supuso Samuel Untermeyer muy acertadamente), que el primer grito desde Palestina —“la tierra sagrada”— del pueblo de Israel —“el pueblo de Dios”, de acuerdo al libro sacro de todos los cristianos—, tras dos mil años de silencio, era una maldición contra “los nazis” impíos e inhumanos (y un grito tal sólo podía ser un grito de justicia; o al menos así se esperaba que lo creyesen “los millones de amigos no-judíos” —cristianos amantes del “hombre”; aborrecedores de cualquier revolución en el campo de los valores fundamentales).

En realidad, se había hecho bastante por la causa judía desde que los primeros judíos de Alemania —gente previsora que (también) podía permitirse viajar— habían juzgado que probablemente las cosas se les iban a poner allí difíciles, y se habían ido al extranjero con toda su fortuna antes de 1933. Se había hecho bastante gracias al efecto indebido y casi mágico de ciertas palabras vacías y extremadamente populares como “humanidad”, “libertad”, “democracia”, etc.; gracias a la insondable credibilidad de la mayoría de las personas que saben leer—, y gracias a la agilidad magistral con la que los judíos tornan ventaja de esas características negativas de este período final de nuestra Edad Oscura. “Humanidad”, “libertad individual” y “respeto a la persona humana” estuvieron inmediatamente ligadas en Occidente al Cristianismo y a la “tradición cultural de Europa”.

Como dije, los judíos no fueron —todavía— objeto de ninguna medida particularmente drástica en el Tercer Reich. Simplemente ya no estaban considerados legalmente como “alemanes”. Ya no estaban autorizados a enseñar en las escuelas o en las universidades; o a financiar periódicos para lectores

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alemanes; a ser actores, abogados, músicos profesionales, escritores, etc. para el público alemán —es decir, a influenciar a los alemanes respecto al arte o la literatura; respecto a lo que está “bien” o “mal”; respecto a lo que es moralmente correcto o no. En una palabra, les estaba ahora prohibido meter sus narices en la vida del país en el que vivían, pero que nunca había sido, ni podría ser, el suyo. También les estaba prohibido desde Septiembre de 1935 —desde la proclamación de las admirables Leyes de Nüremberg para la preservación de la pureza racial— casarse con alemanes o tener, aun fuera del vinculo matrimonial, relaciones sexuales con ellos (bajo el gobierno Nacional Socialista, el aborto era considerado, en el caso de un niño ario de sangre pura, como un asesinato y estaba severamente penado, no así si era el producto todavía no-nacido de una unión vergonzosa, y un alemán que se hubiese casado con una judía antes de las Leyes de Nuremberg tenía que escoger entre el divorcio o que ésta se esterilizase). Pero tal como dice Hans Grimm, “estas regulaciones nada tenían que ver con un maligno antisemitismo”1, Se aplicaron de hecho no sólo a los judíos, sino a todas las personas de raza no-aria, como lo iba a probar la esterilización sistemática de los niños “mitad alemanes-mitad negros”, huellas vergonzosas de la ocupación de Alemania tras la Primera Guerra Mundial por tropas mercenarias de África. Y los judíos deberían haber sido las últimas personas de la tierra en criticar las nuevas leyes; ellos, al contrario que muchas de las mejores razas, se han mantenido fieles a su Dios tribal, Jehová, que les dijo —al igual que todos los dioses tribales de todas las tierras y de todos los tiempos— que abominasen de la mezcla de sangres2; ellos, los mismos que en


1 Hans Grimm: “Warum?, Woher? aber Wohin?”, edic. 1954; pág. 188.
2 Ver el Antiguo Testamento, Ezra, Cap. 9.

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1953 iban a prohibir por ley en el Estado de Israel los matrimonios entre judíos y no judíos1.

Y sin embargo las sabias “Leyes de Nuremberg” fueron presentadas en todo el mundo como un intento de “recortar la libertad individual”, como un “insulto a la persona humana”, etc.; y el despido de empleados y funcionarios judíos o medio judíos, de periodistas, actores, directores teatrales, jueces, doctores, profesores, etc. —especialmente el de Albert Einstein, de cuya “Teoría de la Relatividad”, “explicada” a gente no entendida en la materia en miles de folletos baratos, se dijo que era la maravilla de nuestros tiempos—, como actos de salvaje odio racial, cosa que no eran. Un par de canciones alemanas, de acuerdo que antijudías, pero en ningún caso más sedientas de sangre que algunas canciones griegas que conozco contra los turcos o contra los búlgaros (o canciones turcas contra los griegos), o que el bien conocido himno nacional francés “La Marsellesa”, o que cualquier canción de guerra de este planeta, fueron traducidas a numerosas lenguas y citadas repetidamente como “pruebas” del “espíritu asesino” del Nacional Socialismo. Incluso el cierre de los mataderos de carne “Kosher” —ese perdurable horror judío— fue a menudo criticado como un “ataque contra la libertad religiosa” —criticado incluso por muchos de aquéllos que consideraron la supresión por los británicos del antiguo rito hindú del Sati como un acto laudable. Sociedades formadas, no por judíos, sino por bienintencionados arios bajo la doble influencia desorientadora de la prensa judía contemporánea y de siglos de una religión centrada en el hombre y enraizada en el judaismo, brotaron aquí y allá con el propósito decidido de salvar el alma del mundo de las garras de Adolf Hitler —en realidad, de impedir a Adolf Hitler salvar en todos los países el cuerpo y alma del hombre Ario de la garra cada vez más próxima del judaismo internacional. Una de estas sociedades —los “Amigos de Europa”— publicó, alrededor de 1935 y en forma de folletos, extractos de los trabajos de escritores nacional socialistas, con

1 Los actuales judíos de Cochin, en la costa Malabar, no se casan con sus correligionarios de sangre local, los así llamados “judíos negros”.

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comentarios mostrando que la Weltanschauüng de Adolf Hitler es una negación de la scala fundamental de valores que Europa ha aceptado desde hace largo tiempo gracias a la fe cristiana (lo cual realmente es así). Sin embargo, los judíos y sus “millones de amigos no judíos” no hadan hincapié en este hecho para salvar el amor Cristiano (que al estar “sobre el tiempo”, no puede estar amenazado”) o el Cristianismo histórico (el cual ha jugado ya su papel y está desapareciendo —o fundiéndose gradualmente con su lógico y natural sucesor terrenal: el marxismo), sino simplemente con miras a obstruir por todos los medios la saludable (aun cuando tardía) reacción de lo mejor de Occidente contra las Fuerzas de la decadencia —las Fuerzas directores de la Edad Oscura y creadoras de las viejas y nuevas formas de la eterna mentira judía.

* * *

En el Oriente, los judíos habían de ser más sutiles. El Cristianismo es allí menos popular, y hay países como la India en los cuales una escala de valores centrada en la vida es (al menos teóricamente) la única fundamental —más aún (siguiendo el mismo ejemplo de la India), donde una creencia profundamente establecida en la jerarquía natural de las razas y en la superioridad divina de los arios tiene milenios de antigüedad y está respaldada por el inamovible dogma metafísico de la reencarnación sin fin.

Creo que no es superfiuo expresar aquí unas pocas palabras acerca de lo que, en mi humilde opinión, estaba destinado a tener una relación decisiva sobre el uno de acontecimientos que iban a tener lugar en los años subsiguientes, es decir, sobre la parte jugada en la India por los judíos y sus amigos durante los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

La mayoría de los judíos que procedentes de Alemania se establecieron en Bombay, por lo general después de 1933, pero

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sin embargo —por extraño que pudiera parecer— con todas sus posesiones, saliendo a raudales de los camarotes de primera clase de las grandes líneas navieras, tenían poco conocimiento de las religiones de Asia en general, y de las de la India en particular, y escaso deseo de familiarizarse con ninguna. El misterioso subcontinente de muchas razas en el que habían desembarcado, por aquel entonces bajo dominio británico, parecía en cualquier caso demasiado miserable y débil como para que valiese la pena atraerlo como aliado en la “guerra santa” de Untermeyer contra el Tercer Reich Alemán. Sus millones de habitantes medio muertos de inanición posiblemente no pudiesen tener opinión alguna acerca de algo que estuviese fuera de su propia lucha diaria por sobrevivir, así que mucho menos la tendrían sobre problemas de naciones distantes. Y aun admitiendo que la tuvieran, esa opinión no contaba al ser ellos pobres. Pero había europeos ricos e influyentes, y también unos pocos hindúes ricos, en cuyas manos residía la economía del callado subcontinente. Los Europeos, mayormente ingleses (o escoceses), eran blancos, vestían ropas europeas, vivían en casas elegantes, tenían clubs exclusivos en los que los hindúes no eran admitidos, jugaban al golf —o al bridge— y leían periódicos en su tiempo libre. Los judíos procedentes de Alemania también eran blancos (más o menos), vestían ropas europeas y podían permitirse vivir en casas elegantes. Y de forma bastante curiosa, esos orgullosos mercaderes británicos y oficiales del Servicio Civil, que se mantenían alejados de los hindúes —a los cuales consideraban “personas de color” aun cuando resultaran ser de sangre aria y no más oscuros que muchos italianos—, no eran reacios a darles la bienvenida como “europeos”, a pesar de los obvios rasgos no-arios de la mayoría de ellos, hombres y mujeres de posición adinerada y de tez clara o tolerablemente clara, que habían sido “ciudadanos alemanes” hasta 1933. Los patrones del algodón y del yute, miembros de clubs “sólo para europeos”, y los oficiales mismos, tenían poco interés en

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características raciales más profundas y significativas que las del simple color de la piel. El espíritu de la gran revolución aria que estaba teniendo lugar en Europa contra los actos indebidos de “naturalización”, les era totalmente extraño. ¿Acaso no habían dado ya la bienvenida a ricos armenios angloparlantes, residentes en la India —“subditos británicos”—, los cuales sí podían entrar a formar parte de esa sociedad exclusiva —esa Europa tropical— que ellos constituían? ¡Y no sólo a los armenios, sino también a ricos judíos ingleses, algunos de los cuales pertenecían a esa nobleza monetaria que lentamente está desplazando en Gran Bretaña a la antigua nobleza de mérito guerrero1 (la Reina Victoria ya había establecido precedente al conceder tal favor a Disraeli)! Entonces, ¿por qué no dar también la bienvenida a esos judíos “perseguidos”, que habían venido desde Alemania —¡en primera clase!— para contarles que las repetidas expresiones de admiración de Adolf Hitler hacia el Imperio Británico, como un logro del genio nórdico, y su respeto a Inglaterra, así como su deseo de vivir en paz con ella, más aún, de tenerla como su más fiel aliada, eran mentira —un simple truco para ganar tiempo—, y que su objetivo era “el dominio del mundo” a expensas de Inglaterra? Los patrones del algodón y del yute —individuos simples y con un conocimiento muy pobre de la historia, a pesar de todas sus muestras de orgullo y poder— creyeron a los banqueros judíos y a los propietarios de los clubs nocturnos que hablaban de los “intereses de Inglaterra” en el mismo tono que Winston Churchill y Sir Robert Vansittart, y que interrumpían el aburrimiento de la Europa tropical con jugosas descripciones de la “tiranía nazi”. Nunca se molestaron en averiguar si las descripciones eran auténticas o no. En la Europa tropical se es perezoso..... fuera de las horas de trabajo; demasiado perezoso para pensar, no hablemos ya para sentirse crítico.


1 Ejemplos: Sir David Ezra, cónsul de Calcuta, y Lord Reading, en su tiempo virrey de la India.

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Pronto los recién llegados —cada mes más numerosos— entraron en contacto con otros judíos ricos residentes en k India que conocían el país mejor que ellos, y empezaron a planear cuál era la mejor contribución que podían aportar a la “guerra santa”. Y aparecieron, en el “Statesman” de Calcuta y en otros periódicos en lengua inglesa para lectores británicos y anglo-hindúes, artículos expresando dudas acerca de la sinceridad de Adolf Hitler en sus negociaciones con Inglaterra; artículos acusándole de “agresión” cada vez que algún territorio alemán, que había estado bajo administración extranjera debido al Tratado de Versalles, retornaba alegre y pacíficamente al Reich; artículos presentándole cada vez más abiertamente como el enemigo.

Pero eso no es todo. Las islas de la Europa tropical en Bombay, Calcuta, Madras, etc. nunca fueron la India. Al contrario, había una tensión permanente entre la India y éstas, las cuales encarnaban el dominio extranjero y (lo que era mucho peor), desde el punto de vista de un hindú, un estilo de vida chocante en muchos aspectos. En caso de guerra entre Inglaterra y el Tercer Reich —y nadie sabía mejor que los judíos que la guerra iba a estallar: ellos mismos la estaban preparando—, la India se colocaría (debería, lógicamente, colocarse) en contra de Inglaterra, lo cual es lo mismo que decir que a favor del bando alemán. El problema de los judíos era tener la opinión de los ingleses (y la de los anglo-hindúes —europeos tropicales) de su lado sin que por ello la India se colocase automáticamente en contra suya (había judíos que sabían muy bien que menospreciar el peso de millones de hindúes podía torcer la escala del destino).

Se habría mantenido como un problema insoluble, de no haber sido por dos hechos: primero, la reacción milenaria de la propia India contra la influencia aria- probablemente tan antigua como la conquista misma de la India, y ciertamente detectable en todas esas religiones indias viejas o modernas y en

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las prédicas a la “no-violencia” que, o bien rechazan el sistema de castas, o le privan de todo significado racial: y en adición a ello, una deplorable falta de visión (o quizás incluso una minusvaloración) por parte de los representantes oficiales y no oficiales del Tercer Reich en la India, en la que se refiere a la otra cara —la aria— de la Tradición hindú y sus enormes posibilidades.

Lo que acabo de llamar la “reacción de la propia India contra la influencia aria” no es otra cosa que la profundamente enraizada renuencia a toda lucha “contra el Tiempo”, que parece subyacer en una enorme suma de experiencia (y cultura) hindú. En absoluto es agresiva o definitivamente anti-aria —tanto es así, que algunos de los más perfectos maestros en cuyas vidas, enseñanzas religiosas o trabajos literarios ha encontrado expresión, eran arios por sangre: hombres guerreros de casta principesca —Kshattriyas— como el Buda o Mahavira: o brahmanes, como Chaitanya, o más en nuestros días, el destacado poeta Rabindranath Tagore. Simplemente es la actitud de los hombres que viven o aspiran a vivir “sobre el Tiempo”, ya sea por ser éste el último recurso de quien lleva el pensamiento lógico hasta su final tras haber perdido la fe en esta tierra, o por ser la actitud espontánea de soñadores amantes de la paz y de la humanidad, o porque representa, para algunas secciones de la humanidad —como creo que es el caso de la extraordinariamente sensitiva e intuitiva raza dravidiana, cuyas masas siempre han exaltado a los santos y poetas de la no-violencia, cuando no también de la renunciación—, la única alternativa natural a la vida meramente sensual “en el Tiempo”. Pero es —y siempre ha sido, al menos desde los últimos dos mil quinientos o tres mil años—, con mucho, la actitud más popular en la India, cualquiera que pueda ser la explicación apropiada desde un punto de vista etnológico, psicológico, o de ambos. Y ciertamente es algo bastante diferente de esa audaz filosofía de la acción considerada como “mejor que la inacción”, y de la

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serena pero decidida aceptación de la violencia en nuestra Edad como una necesidad de esta vida terrenal, lo cual es el regalo más sustancial de la joven raza aria al ya viejo subcontinente en la antigüedad, y que es sin duda la otro cara de la Tradición de la India clásica.

Esta remarcable dualidad en la perspectiva hindú de la vida y esta tendencia de la vieja actitud mística y moral, afín al enorme substráete no-ario de la población hindú, a ganar cada vez mayor prominencia a expensas de la otra, ha sido explotada magistralmente por los agentes de las Fuerzas de la Oscuridad desde el transcurso de los siglos. La acción sutil de los judíos en determinados círculos de influencia hindú —en particular, en los círculos del Congreso Hindú—, antes y durante la guerra, es simplemente la última fase de esa explotación.

En la práctica, le ha sucedido casi lo mismo a las elevadas filosofías y religiones hindúes de la no-violencia, que a la fe original cristiana en Occidente, ese camino espiritual para las personas que pugnan por vivir, al igual que su Maestro, “sobre el Tiempo”: se han convertido en este mundo de la Edad Oscura en una excusa para despreciar la separación de las razas ordenada por la Naturaleza, para descuidar el deber de mantener la sangre pura y, en adición a ello —de forma mucho mayor que el Cristianismo en Europa—, para adoptar una actitud hipócrita ante la violencia. Los budistas, y más tarde (al menos en Bengala) los Vaishnavas, empezaron a menospreciar no sólo la letra, sino también el espíritu del sistema de castas en nombre del amor universal. Y esta vieja propensión ganó nuevo impulso en la primera mitad del siglo diecinueve entre los así llamados hindúes “educados”, es decir, entre ciertos hindúes que habían experimentado la influencia “occidental”, o para ser más precisos, la judeo-cristiana y en particular (más a menudo de lo que uno está dispuesto a creer), la influencia de la masonería mundial. Esta organización secreta, la más peligrosa de nuestra Edad Oscura, controlada por los judíos desde el mismo día en

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que éstos fueron admitidos en ella, estuvo (y todavía está) dedicada por entero al único objetivo del judaismo internacional: la dominación —económica y cultural— permanente y pacífica del judío sobre un mundo privado de todo orgullo racial y de todo deseo de lucha. Seria de gran interés constatar cuántos líderes del Brahmo-Samaj y de otras organizaciones de hindúes “reformados” estaban, desde los últimos cien años y más atrás, directa o indirectamente conectados con la masonería, o con la Orden Rosacruz o cualquier otra sociedad “espiritual” de tipo similar bajo liderazgo filosófico (y económico) judío.

La Sociedad Teosófica, una organización internacional que tenía los mismos objetivos secretos y el mismo liderazgo que la masonería (a la cual estaban también afiliados una enorme proporción de sus miembros), fue fundada en la segunda mitad del siglo diecinueve sobre la doble base de una doctrina sincretística arbitraria, parcialmente originaria de la India y presentada como “oculta”, y .... la creencia en los derechos iguales para “todos los hombres” con menosprecio de su raza —la vieja mentira judía para los no-judíos. Tiene hasta el día de hoy sus cuarteles generales en la India —en Adyar, cerca de Madras— y apoya una estrecha colaboración entre los así llamados hindúes “instruidos” y los no menos “instruidos” occidentales —occidentales supuestamente dispuestos a entender “el mensaje de la India”, pero que en realidad interpretan las Escrituras hindúes en la forma más ventajosa para los objetivos secretos de la Sociedad, y que (siempre que pueden) juegan un papel de peso en la política hindú1. Al igual que las organizaciones de hindúes “reformados”, productos de la influencia judeo-cristiana en la intelligentsia de la India, ha hecho cuanto a podido por negar la influencia de la raza en la Tradición Hindú, por combatir la interpretación de la palabra


1 Annie Besant, durante años Presidenta de la Socieda Teosófica, fue elegida Presidenta del Congreso Nacional Hindú en 1917.

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“Ario” en un sentido racial cuando quiera que ésta se encuentre en una escritura hindú y por robar el significado de la Violencia ejecutada con desapego —la enseñanza del Bhagawad-Gita— de su auténtico contexto; por dar a este libro sagrado —en contra del espíritu del mayor héroe de la India tanto “sobre” como “contra el Tiempo”, Krishna— un significado “estrictamente simbólico” que no pueda justificar esa violencia material en bruto que los luchadores “contra el Tiempo” (aun cuando sean igualmente luchadores “sobre el tiempo”, como necesariamente han de ser todos los grandes luchadores) han de desplegar hoy en día, próximos al fin de la Edad de las Tinieblas. Bien hizo el ortodoxo y realmente instruido Brahmán Lokomanya Tilak, consciente tanto de lo racial como de lo divino, y cuyo entero trabajo da fe de la unidad de la Arianidad oriental y occidental y del poder del genio Ario, al comparar a la doctora Annie Besant con la legendaria demonio Putna, cuya leche envenenada debía matar a Krishna, el Guerrero predestinado y Maestro de la Violencia ejecutada con desapego, cuando Este era todavía un niño.

Sin embargo, la Sociedad Teosófica posiblemente haya jugado sólo un papel secundario en la India (a pesar de las plegarias públicas que su presidente, el Dr. Arundale, iba a ofrecer allí por la victoria de las fuerzas antinazis durante la Segunda Guerra Mundial). Pero el espíritu encarnado en ella y en las demás organizaciones llamadas “espirituales”, que reclaman abandonar la desigualdad divina tanto entre hombres como entre razas humanas, así como la ley de la Acción violenta (ahora, en esta Edad Oscura); en otras palabras, el espíritu de todos los grupos que niegan o rechazan el eterno combate “contra el Tiempo”, ha corrompido una gran parte del estrato consciente del país. Ha enseñado a miles de hindúes a mentirse a sí mismos y al mundo, y a aceptar sólo las formas del Combate “contra el Tiempo” que usen la violencia moral como arma (llamándola “no-violencia, tal como hizo Mahatma Gandhi-de hecho, tenía que hacerlo, con vistas a su éxito en la India contemporánea), y a odiar

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todo reconocimiento tranco de la necesidad de la violencia material al servicio de la Causa de la Vida, y todo reconocimiento tranco de la desigualdad vital entre razas y también entre derechos humanos —incluyendo el así llamado “derecho” de “todos los hombres” a vivir.

Al final, sin duda, el Niño Divino —las Fuerzas crecientes de la Luz y de la Vida— matará, al igual que en la leyenda hindú, a la venenosa demonio de la falso. Pero mientras tanto, el veneno ha llegado demasiado lejos. Lenta, pero de forma continua, ha puesto de antemano a miles de hindúes “educados” contra toda encarnación viva contemporánea— de Aquél-Quien-regresa, una y otra vez, para combatir a las fuerzas de la decadencia y de la muerte, y para “establecer en la tierra el reino de la Justicia” a través de los métodos abiertamente aceptados de la Edad Oscura —los únicos adecuados en los tiempos en que vivimos. Les ha preparado para ingerir la inteligente propaganda judía moral y cultural de los años anteriores a 1939, y todas las mentiras de h subsiguiente campaña moral y política hasta el día de hoy contra el Nacional Socialismo y el Tercer Reich Alemán. Ha capacitado a los judíos a ganar para su causa, antes, durante y después de la guerra, fuerzas de pensamiento y de voluntad que de otro modo habrían trabajado en apoyo del despertar ario de Occidente, o que por la menos se habrían mantenido neutrales.

Los judíos procedentes de Alemania, que ya antes de la guerra estaban empezando a ganar crédito entre ciertos grupos de hindúes, no eran los mismos que aquéllos que se juntaban con los europeos ricos —y los armenios pro-británicos, y los judíos residentes en la India, todos ellos denominados como “británicos”— en los clubs y en las partidas de bridge. Tenían menos dinero. Algunos (o al menos eso decían) no tenían dinero en absoluto y rogaban a los hindúes benévolos que les ayudasen a encontrar trabajo, a ser posible en su propio sector. Ellos lo habían “perdido todo” —perdido, en cualquier caso, su anterior derecho a ejercer sus trabajos de doctores, abogados,

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actores, profesores o periodistas en la una vez tan tolerante “Tierra de pensadores y poetas”, que se había convertido de repente, a través de la victoria del Nacional Socialismo, en un vasto campo de batalla donde nada iba a escucharse salvo el pisoteo regular de las botas militares y las pavorosas repercusiones de las canciones de guerra; donde ya no había seguridad para su refinada intelectualidad o su sensible preocupación por la “humanidad”. Fueron perseguidos —o dicen que lo fueron— incluso más que los otros judíos. Y en contraste con éstos, la mayoría de ellos eran “cultos”, cuando no eruditos —o pretendían serlo—; tenían al menos un pequeño conocimiento de la filosofía y costumbres de la India del que extrajeron la máxima ventaja. Se les encontraba en localidades tales como Adyar, Shantiniketan o Sabarmati (y, posteriormente, Sevagram), todas ellas residencias de Gandhi, y en las que era más probable entrar en contacto con los hindúes “educados” o, lo que es más, con los hindúes influyentes: hindúes, por una parte lo suficientemente amplios de miras como para dar la bienvenida a la amistad (y admiración) de extranjeros “indianizados”, y por la otra, lo suficientemente ligados a la Tradición como para ser considerados por algunos (muchos o pocos) como auténticos campeones del Hinduismo. Algunos de ellos visitaron las tres y estuvieron allí durante una larga temporada, estableciendo posteriores conexiones para ellos mismos o sus amigos (como por ejemplo Margaret Spiegel, alias Amala Bhen, que pasó dos años a los pies de Gandhi, tejiendo torpemente hilo de algodón, estudiando a fondo a Gujurati y contando siempre que podía cuan rotunda negación suponía la nueva Alemania de Adolf Hitler a la doctrina del Mahatma; después, en 1935, fue a Shantiniketan a imbuir de odio al Nacional Socialismo a los estudiantes de los que era “maestra de alemán”, acabando como profesora en el Colegio Elphinston de Bombay). Otros se convirtieron en “hombres santos”: monjes budistas, devotos de Vaishnava, solitarios e inofensivos

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teosofistas entregados a la “forma hindú de vida”, no aspirando a otra cosa que espiritualidad; o —en el caso de que fueran mujeres— simplemente se aseguraron confortabilidad estableciéndose con maridos hindúes. Las mujeres judías que carecían de atractivo sexual también se convertían en santas, en caritativas, o en ambas cosas. Ofrecían su amor entusiasta (y, siempre que la tuvieran, su eficiencia técnica) a las organizaciones hindúes conectadas con actividades de ayuda social, convirtiéndose en personas populares como amigos de los pobres, consuelo de los enfermos, madres adoptivas y maestras de orfanatos —¡ángeles de piedad! Los huérfanos pertenecientes a las castas más apartadas fueron por supuesto educados a comer, trabajar y jugar junto con el resto, en contra de las costumbres de los hindúes ortodoxos, pero en concordancia con los objetivos de los líderes hindúes “reformados”. Y secretamente se confiaba en que algunos —tantos como fuera posible— se casaran un día entre ellos, rompiendo así con la costumbre largamente respetada y con la vieja aspiración a la pureza racial, gracias a la cual, seis mil años después del establecimiento ario de los días védicos, todavía hay arios en la India. Los peores enemigos de la moderna fe Aria desharían lo que los arios védicos habían hecho. Destruyeron, en la medida en que pudieron, el sello del dominio ario en Asia. Así, en el distante subcontinente de la India —que, lógicamente, debería haber sido un bastión de las fuerzas arias en contra de las maquinaciones de ambos—, los judíos menos ricos jugaron un papel tan importante como el de sus hermanos raciales aparentemente más influyentes. Silenciosamente —se podría decir que rastreramente—, pero de forma implacable, estuvieron contribuyendo a la formación de ese mundo bastardizado del que se espera que la conciencia de la “dignidad del hombre” sustituya al anterior orgullo racial; fueron arrastrando a ese mundo todo cuanto pudieron de la mejor sustancia de la India. Y se fueron haciendo populares entre los

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hindúes —o al menos entre ciertos hindúes— porque les ayudaban (o simulaban ayudarles) y les adulaban. Y cuando a partir de 1933, en especial desde 1935 en adelante —gracias a la prensa y literatura judía y a los esfuerzos de los “millones de amigos no judíos” del Sr. Untermeyer (masones y similares)—, se hizo cada vez más obvio de un extremo a otro de la esfera terrestre que Adolf Hitler estaba “persiguiendo a los judíos”, muchos hindúes entre aquellos que tenían una posición de influencia en los asuntos de la India estuvieron preparados para considerarle, si no —aún— “un monstruo”, sí al menos un peligroso tirano. ¡Judíos! -¡esa gente tan buena y amable como “Amala Bhen”, la devota discípula de Gandhi, cuya foto al lado del profeta de la no-violencia había sido vista por todos los lectores de periódico; o como Miss Gomparst, la eficiente trabajadora social de la Asociación de Ayuda a Bengala, que estuvo dirigiendo (y hasta donde yo sé, continúa haciéndolo) un hogar infantil y un dispensario para los barrios pobres de Calcuta; o como aquel monje de piel clara, Govinda, que escribía instruidos artículos sobre metafísicos budistas y que podía ser visto caminando a través de los céspedes de Shantiniketan vestido con ropas amarillas y bajo un impresionante parasol burmés!.... ¡o como aquellos amables “mem-sahib” que vestían con un sari y daban un nombre hindú a sus hijos mitad hindúes-mitad hebreos, y que adoptaron las costumbres hindúes hasta tal extremo que algunos de ellos se convirtieron incluso en miembros tolerables de “joint-families”!1 ¡Cómo podía ser que Adolf Hitler les persiguiese! ¡Cómo se atrevía....! Pudiera ser que los mismos británicos fueran unos tiranos (¿y qué hindú nacionalista podría verles como otra cosa?), pero sin duda estaban en lo cierto cuando llamaban al mundo —cada vez más alto— a “parar a Hitler”.

Por supuesto, no todos los hindúes fueron engañados por la inteligente adaptabilidad de los judíos a las costumbres de


1 En la India, una “joint-family” es una familia en la cual numerosos hermanos viven bajo el mismo techo junto con sus padres, esposas e hijos.

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la India, por su interés supuesto o real en la “filosofía Hindú” o por sus comentarios sobre la nueva Alemania. Millones, incapaces de leer y completamente indiferentes al mundo exterior, ni tan siquiera supieron de la campaña de odio antinazi. Otros la desdeñaron. Uno al menos —un digno Brahmán poco conocido por el público en general, y sin embargo, uno de los caracteres más puros de la moderna Aryavarta, Sri Asit Krishna Mukherji— luchó desde el principio contra ella con “uñas y dientes”, a través de la revista quincenal “The New Mercury”, que publicó en Calcuta desde 1935 hasta 1937 (en colaboración con el Consulado Alemán), y que posteriormente iba a probar (en el transcurso de la guerra y después de ella, hasta el día de hoy) su inquebrantable lealtad a la causa aria. Otros, gentes simples carentes de esa concienciación política ya menudo analfabetos, sintieron no obstante que el único mandatario occidental al que tantos sahebs parecían odiar era el único mandatario en el mundo que profesaba y vivía la doctrina de la Acción Desprendida predicada en el Bhagawad-Gita. Y ellos le admiraron. Relataron que él había venido para reemplazar entre los arios de Occidente la Biblia por aquel Libro sacro de la Sabiduría Aria. Pero la mayoría de ellos carecían de poder. Carentes de poder, al tiempo que aislados; desconectados de las revolucionarias fuerzas de la Vida presentes en Occidente. El apoyo dado al “New Mercury” representó prácticamente el único intento tangible hecho por las autoridades del Tercer Reich por colaborar en el plano ideológico con la minoría aria racialmente consciente de la India. Y no conozco a ningún nacional socialista europeo con excepción de mi misma que se propusiese golpear a los judíos en su propio terreno y que intentase ganar a la India —incluida su parte no-aria— para la causa pan-aria, predicando la moderna filosofía de la Swástica —la unidad de la vidadentro de la diversidad, la jerarquía divina de las razas; el ideal de la pureza de la sangre y de la lucha idealista por la creación de una humanidad

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superior; la sabiduría de Adolf Hitler y la de los antiguos Conquistadores arios de Aryavarta— bajo un ropaje hindú, en las lenguas de la India y desde el punto de vista de la Tradición hindú; presentando su esfuerzo como la determinación por liberar la India de la influencia de las doctrinas antirracistas e igualitarias, el escasamente extendido Cristianismo y el Islam: y el Marxismo (los tres, de hecho, enraizados profundamente en mayor o menor medida en el pensamiento judío).

* * *

El judío internacional y omnipresente no restringió su perspicaz propaganda a los hindúes. También la propagó entre los mahometanos —a pesar de la vieja hostilidad entre hindúes y mahometanos (lo cual no era asunto suyo) y, lo que es más, a pesar de la tensión permanente entre árabes y judíos en Palestina y sus zonas limítrofes desde la famosa Declaración Balfour y de la natural simpatía de todo seguidor del Profeta por los árabes. La propagó —de una forma diferente y con ayuda creciente por parte de sus amigos los marxistas— entre los chinos y los anamitas y otros pueblos de h raza amarilla; entre los filipinos y los malayos, y entre los negros y medio negros “educados”, La propagó por doquier, y siempre concentrando sus esfuerzos sobre los hombres adecuados, es decir, sobre aquellos que eran, al mismo tiempo, lo suficientemente crédulos para dar por sentado todo lo que se les contaba sobre el Tercer Reich y su “odio racial”, y lo suficientemente influyentes para presentar como correcta cualquier opinión que ellos pudieran expresar. El slogan de la “humanidad” y de los “derechos del hombre” —el viejo slogan de la Revolución Francesa— actuó como un hechizo, Con su ayuda, el judío superó todas las dificultades, despertando, a partir de la indiferencia despreocupada, sentimientos de agresiva indignación que se acercaban cada vez más al fervor de las Cruzadas. Lo poco que

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se hizo por contrarrestar su juego (si es que se hizo algo) no tuvo un efecto duradero.

La visita de unos pocos miembros prominentes del Partido Nacional Socialista, encabezada por el líder de la Juventud Hitleriana, Baldur von Schirach, a Damasco en 1937, fue (por mencionar ese ejemplo) sólo un éxito parcial. Rompió por unos pocos días la tranquilidad de ánimo del Alto Comisario Francés en Siria, que no era nazi y que, más que darles la bienvenida, toleró a los honorables huéspedes. Y fue la ocasión para obtener valiosos contactos personales con muchas personalidades árabes, algunas de las cuales iban a ayudar a Alemania durante la guerra y, tal vez, también después de ella, si bien ninguna de ellas era lo suficientemente poderosa como para arrojar todo el peso del mundo musulmán al lado de Adolf Hitler —una tarea difícil desde el punto de vista del Islam, ya que ¿cómo pueden, después de todo, creyentes de una fe, incluso guerrera, que cualquier hombre puede profesar, apoyar de forma entusiasta el racismo ario (o cualquier otro racismo)? Lo máximo que pudo hacer el más sincero árabe antijudío —incluido el Gran Mufti de Jerusalem—, fue ser el aliado político de Alemania en contra de los judíos. Y por esa razón estaba —a pesar de la diferencia de raza— quizás un paso más cerca del Nacional Socialismo alemán del que jamás iba a estar ni tan siquiera el bien conocido nacionalista hindú Chandra Base o cualquier otro aliado político de Adolf Hitler en contra de Inglaterra1. -Pero esos miles de bien intencionados, aunque mal informados hindúes, mahometanos, chinos,