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CAPÍTULO XIII
LA LUCHA POR LA VERDAD
Viva o no su persona, el Niño predestinado de Braunau —Adolf Hitler—, vive para siempre en el Nacional Socialismo, su creación y expresión integral. Entender esto último es entenderle: verle en su luz apropiada y situarle —tanto si uno se siente, personalmente, atraído por él o no— en el nivel apropiado y en la clase apropiada entre la galaxia de hombres excepcionalmente grandes. Y en esto es precisamente en lo que en apariencia fallan la mayoría de nacional socialistas (no digamos ya nuestros enemigos, y el mundo entero, que desde los últimos diez años permanece bajo su influencia), incluso aquéllos que siguen siendo después de 1945 irreprochables en su profesión de fe —incluso “fanáticos”—, pero carentes del sentido de las realidades cósmicas y, en particular, carentes de la conciencia del ritmo del Tiempo que explica todas las leyes de la historia, cuando no también todos los grandes acontecimientos.
Uno debería distinguir cuidadosamente entre el efímero NSDAP —el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes1; una organización con propósitos definidos, los cuales tienen su lugar en la historia alemana y europea—, y la perpetua idea Nacional Socialista.
El Partido se funda (oficialmente) el 24 de Febrero de 1920; de hecho, ya existía en 1919. Era un cuerpo revolucionario determinado a ganar el poder para su líder —y para sus miembros— con el fin de liberar a Alemania de la esclavitud y la vergüenza resultante del Tratado de Versalles, y —por primera vez en la historia de Occidente— para aportar, en una amplia escala, sólidos y eternos principios biológicos a la vida social y
1 Natonalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei
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política. Tuvo, sin embargo, las características de incluso las mejores organizaciones de nuestra Edad Oscura: su torpeza inherente; sus defectos “demasiado humanos”. Había toda clase de personas —idealistas sin miedo y oportunistas; héroes, más aún, semidioses, y una inmensa mayoría de irresponsables criaturas de rebaño, y unos pocos traidores influyentes— entre los trece millones de miembros que tuvo en la cúspide de su gloria. Logró mucho, y sin embargo cayó: Desde 1945 ha dejado de existir como cuerpo; e incluso si está, algún día, destinado a alzarse otra vez bajo su viejo nombre y su eterno Signo, nunca será restaurado exactamente como antes. No puede ser; porque él pertenece al Tiempo, y en el Tiempo nada es jamás restaurado. No debería ser, pues restauración significaría paralización, cuando no incapacidad para afrontar nuevas circunstancias y sobrepasar nuevos peligros.
La Idea Nacional Socialista no es el Partido. No sólo existía —“en el aire”—, más o menos en su forma de hoy, antes del Partido (la Proclamación en Heidelberg de la “Deutsches Bund” de Friedrich Lange, el 9 de Mayo de 1894, cuando Adolf Hitler tenía cinco años, tiene todas las características de un manifiesto Nacional Socialista, lo mismo que las Declaraciones de Hans Krebs en 1904), sino que ella es, en su esencia, tan vieja como el más antiguo contacto y primer choque entre la raza germánica y el mundo foráneo. Fundamentalmente, no es otra cosa que la expresión de la voluntad colectiva de la raza por sobrevivir y por gobernar, de su disposición a combatir y erradicar todo aquello que, desde fuera o desde dentro, se interpone en su camino a la supervivencia y expansión; de su sana conciencia de sí misma —de su fuerza; de su juventud— y de la divinidad dentro de sí misma: una realidad biológica acentuada en la vida política y social, más que en una idea “política”. Se podría decir que Theodoro el Grande actuó en el más fiel espíritu Nacional Socialista cuando, mil cuatrocientos años antes de las famosas “Leyes de Nuremberg”, hizo todo cuanto fue posible por
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prevenir los matrimonios entre sus Godos y el racialmente menos puro —menos ario— pueblo de la Italia conquistada —no digamos ya los pueblos de estirpe en absoluto no-aria. Y he destacado numerosas veces y en diferentes escritos que no hay diferencia ni de propósito ni de perspectiva entre la actitud Nacional Socialista ante la vida y la de los antiguos guerreros arios, veneradores de la Luz, que conquistaron el Noroeste de la India, estableciendo el sistema de castas, concebido sobre una base racial, entre ellos mismos y los pueblos conquistados, y rogando a los Dioses Védicos tener “muchos hijos”, rebaños prósperos y “victoria sobre los Dasyus de piel oscura” —por la Lebensraum— muchos miles de años antes de 1919, 1933 o 1935.
Se puede ir un paso más allá y establecer que, en su esencia, la Idea Nacional Socialista excede no sólo a Alemania y nuestro tiempo, sino también a la raza aria y a la humanidad misma en cualquier época; que ella finalmente expresa esa Sabiduría misteriosa e infalible de acuerdo a la cual vive y crea la Naturaleza: la Sabiduría impersonal del bosque primigenio y de la profundidad del océano, y de las esferas en los oscuros campos del espacio; y que es gloria de Adolf Hitler el no haber meramente regresado a esa Sabiduría divina —estigmatizando el tonto encaprichamiento del hombre por el “intelecto”, su infantil orgullo por el “progreso” y su intento criminal por esclavizar la Naturaleza—, sino haber hecho de ella las bases de un sistema práctico de regeneración de alcance mundial, precisamente ahora, en nuestro superpoblado, sobrecivilizado, y técnicamente superdesarrollado mundo, en el final mismo de la Edad Oscura.
Dicho en otros palabras, es imposible entender el Nacional Socialismo a menos que uno lo integre dentro de la concepción cíclica de la historia tal como sugiere la Tradición, es decir, a menos que uno lo vea, no como un sistema político más entre otros muchos —no un efímero “ismo”, producto de efímeras circunstancias—, sino como el último (o, tal como
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veremos, el anterior al último) esfuerzo, en este Ciclo de Tiempo, de las permanentes y suprahumanas Rierzas de la Vida, contra las aceleradas corrientes de degeneración características de cualquier desarrollo avanzado en el Tiempo, o, dicho en una frase, a menos que uno vea en él el esfuerzo “Contra el Tiempo” en el final mismo de la última Edad de nuestro presente Ciclo.
Visto bajo esta luz, toda la bien conocida lucha por liberar Alemania de la esclavitud a la cual la había reducido el Tratado de Versalles —la lucha Nacional Socialista por “pan y libertad” (y por espacio); por el derecho del pueblo alemán a prosperar en sana actividad creadora—, es la última (o mejor aún, tal como veremos, la anterior a la última) fase de la eterna Lucha por la Verdad dentro del presente Ciclo de Tiempo; la forma en la cual esa Lucha eterna estaba destinada a tener lugar en nuestra época, es decir, en el final de la Edad Oscura. Y Adolf Hitler es el más heroico entre los héroes que, en el curso de la historia, se interpusieron en el camino de la fatal pendiente por la que el mundo se precipita hacia su perdición: “Aquel-Quién-regresa”, en Su último desesperado intento por salvar aquello que todavía merece ser salvado, antes de que sea demasiado tarde —el típico Hombre “Contra el Tiempo”. El encarna aquella eterna Sabiduría natural a la que he aludido en el párrafo anterior —la única sabiduría que merece el nombre de divina— y que opuso —no sólo con argumentos humanos— a la falsa ciencia, a la falsa religión, a la falsa moralidad y también, por supuesto, a las falsas concepciones políticas de nuestra Edad decadente, e hizo de la lucha por la liberación de Alemania la ocasión para una lucha más extensa y sistemática por la liberación de la humanidad superior de las cadenas de la Edad Oscura. E hizo del Signo del Sol —el Signo de la Salud1— el Símbolo de la regeneración tanto alemana como aria, y de
1 La Swastika. “Swasthi, en sánscrito, significando “salud”, “bienestar”.
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Alemania, la Tierra Sagrada de Occidente —el baluarte de la Arianidad regenerada.
Considerado como la expresión en el siglo XX de la vieja aspiración de la humanidad aria por liberarse del horrendo determinismo de decadencia, el Nacional Socialismo empieza antes de la carrera política de Adolf Hitler. Su evolución no registrada pero real a una Idea encarnada —su historia verdadera—, empieza con el despertar gradual del futuro Führer de Alemania a la conciencia de su propia escala de valores, de sus aspiraciones y repulsiones fundamentales, y de su misión: el despertar del Hombre “Contra el Tiempo” como tal.
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Que yo sepa no hay, desafortunadamente, recuerdos de la infancia de Adolf Hitler. Y esclarecedor como sin duda es, lo poco que puede reunirse acerca de ella a partir de una conversación con su viejo y amabilísimo tutor, Herr Mayrhofer (el cual todavía vive en Leonding, cerca de Linz, y con quien me entrevisté dos veces), y lo poco que él mismo menciona en “Mein Kampf” (que no es una autobiografía), no es suficiente para afianzar sobre él una perspectiva definitiva (e inusual) como la que se expone en el presente estudio. El único retrato de autoridad aparente sobre la vida y carácter del futuro dirigente años antes de que éste “decidiese convertirse en político”, se encuentra en el excelente libro en el cual August Kubizek —el único amigo que él tuvo en su juventud— ha relatado la historia de sus cuatro años de amistad con él, comprendidos entre 1904 y 19081.
En esos años —cuando él tenía entre quince y diecinueve años— las principales características del carácter de Adolf Hitler estaban ya establecidas y eran visibles en cada uno de sus pasos;
1 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugendfreund” (Leopold Stacker Verlag, 1953).
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en todo lo que él dijo o hizo. Su escala de valores era ya aquélla que, en años posteriores, le iba a establecer en un plano diferente del de cualquier líder político de nuestro tiempo. Y la base psicológica (la real) de su filosofía —la fuente de su inalterable confianza en ella, y la clave de toda su carrera— estaba ya definida. En otros palabras, el hombre en el que iba a convertirse —el Hombre que no tuvo más remedio que ser, dadas las circunstancias—, ya había tomado forma y estaba, con la infalibilidad del instinto, con un misterioso conocimiento interior, una lógica de sí mismo que desconcertaba todos los cálculos humanos, siguiendo invencible el trayecto de su tremendo destino. Y los rasgos del rápido despertar de su personalidad fueron inequívocamente aquéllos —y la desconcertante lógica infalible, aquélla— de un Hombre del tipo que he caracterizado en el presente libro como “Contra el Tiempo”: un inspirado, implacable y realista —extraordinariamente previsor— luchador por un ideal de la Edad de Oro, en la profundidad de nuestra Edad Oscura.
Y si fuéramos capaces de trazar la historia de la evolución de Adolf Hitler más allá de esos años primerizos que él describe como proveedores (desde el punto de vista de los acontecimientos) de “poco que recordar”—1, no es sólo probable sino también seguro que encontraríamos en él, ya desde el principio de su vida, los mismos profundos rasgos distintivos de su carácter, las mismas aspiraciones fundamentales —la misma persona. Tales hombres como él no son, como mucha gente parece creer, el “producto de circunstancias”, sino seres predestinados que usan al máximo las circunstancias dadas para un objetivo que excede el propósito obvio e inmediato de su acción, o hablando el lenguaje de la Sabiduría antigua —y una está, últimamente, apremiada a hablar ese lenguaje—, grandes Almas libres2, no expuestas por más tiempo a la ley del
1 “Mi Lucha”, I, Cap. 1, pág. 2.
2 En sáncrito “Mukta Purusha”.
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nacimiento y renacimiento, que escogen nacer en el contexto (en la raza, país y estatus social) en el cual crecen hasta convertirse en líderes y combaten como tales bajo las circunstancias en las cuales ellos van a actuar más eficazmente, dentro de los intereses más altos de la Creación. Son niños y adolescentes “Contra el Tiempo” antes de dejar en la historia la marca de su paso como Hombres “Contra el Tiempo”.
Uno de los rasgos más destacables de las personas “Contra el Tempo” —en forma no inferior a aquéllos que he descrito como “sobre el Tiempo”— es que no encajan en ninguna parte del mundo tal como éste es; que sus standards morales y estéticos —y prácticos (su concepción de la felicidad e infelicidad; su idea de “éxito” y fracaso; de lo útil; en una palabra, sus valores)— y los del resto del mundo no tienen nada en común. Y, a partir de lo que su amigo A. Kubizek relata acerca de la adolescencia de Adolf Hitler en Linz, ése parece haber sido precisamente el caso del futuro Señor de Alemania, en aquel entonces un joven sin duda notablemente dotado pero, en la estimación de la fría mente de los adultos, “poco práctico”; había abandonado la escuela secundaria sin haber completado el curso de sus estudios; alimentaba la ambición de convertirse en un gran artista —un pintor o quizás un arquitecto— con pocas perspectivas materiales de realizarla .... y vivía de la pequeña pensión de viudedad de su madre, erraba por las calles —o por el campo— y, ocasionalmente, iba a la ópera (adquiriendo siempre los asientos más baratos), y hacía planes gigantescos y hablaba —ya entonces con apremiante elocuencia— de cosas que no interesaban a nadie salvo a él, mientras otros muchachos se ganaban la vida y ayudaban a sus familias o estaban aprendiendo algo “útil”. “El no encajaba en ninguna clase social”1, concluye A. Kubizek, tras haber intentado analizar las razones por las que su amigo, a pesar de las capacidades que le
1 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugendfreund”, pág. 37.
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situaban muy por encima de la media, fracasó, incluso en los años subsiguientes, a la hora de “mejorar” profesionalmente. “El no tenía la más mínima ambición de asegurarse un sustento de vida”1 y de vivir cómodamente. El no deseaba estar “cómodo”. El no pensaba —ni jamás lo hizo— en términos de comodidad o de “felicidad” personal. Lo que otros llamaban “disfrutar de la vida” era algo totalmente extraño a él2. Tampoco podía “tomar las cosas tal como venían” y vivir ligeramente, libre o preocupado, según el presente3. El era, a edad muy temprana, intensamente consciente de que las cosas estaban mal en el mundo que le rodeaba —mal en cada aspecto de la vida, en cada dominio de pensamiento y acción, de la A a la Z—, y él se sentía abocado a cambiarlas; no a cambiar ésta o aquélla de entre ellas, dejando el resto intactas, sino a cambiarlas de forma implacable y radical —puesto que estaban radicalmente mal— y construirlo todo nuevamente, de acuerdo a principios diferentes de aquéllos que habían prevalecido hasta entonces.
Y esto no fue una mera aspiración, un más o menos vago deseo o el sueño de un día. Fue un propósito que él persiguió con “grave seriedad”4 y consistencia inquebrantable5, ocupándose con bastante antelación de los detalles más minuciosos de sus planes en cada caso particular, sin que por ello perdiera nunca de vista el espíritu y las líneas generales de su creación como conjunto, tanto así que aquella “extraordinaria seriedad” y consistencia —y despiadada radicalidad5— impactó a todos aquéllos que le conocieron como el rasgo principal de su carácter. Él lo persiguió —ya incluso en aquellos años en los que aún no era políticamente activo; ya
1 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 36.
2 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 37.
3 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 43.
4 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 43.
5 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 52.
6 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 203.
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mientras él todavía creía que el arte permanecería, a lo largo de su vida, como la primera y principal preocupación— con aquella impaciencia febril que encuentra su expresión en las palabras: “Ahora, o nunca”; con la urgencia inherente a toda decidida acción “Contra el Tiempo”. Y esa impaciencia —esa trágica conciencia de que “mañana será demasiado tarde”— iba a sellar toda su carrera como regidor y como Fundador de la última civilización auténtica dentro de la Edad Oscura. En ella, de hecho, se encuentra la fuente y la explicación de los pasos más drásticos —y más criticados— de la vida última de Adolf Hitler, y el signo de que el Nacional Socialismo, la más heroica de todas las reacciones contra la Edad Oscura, históricamente todavía pertenece a esta Edad, al tiempo que la trasciende en espíritu.
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El ideal en el nombre del cual Adolf Hitler se rebeló constantemente contra prácticamente todo lo que observó en vida —ya como adolescente, y posteriormente, cada vez más, como hombre joven y como hombre en la treintena y por encima de la treintena— no fue en absoluto menor que ese que he descrito en este libro como “un ideal de la Edad Dorada”; la visión interior de un mundo sano, hermoso y también pacífico (necesariamente pacífico); del paraíso terrenal real, fiel imagen de la perfección cósmica, donde la rectitud prevalece como algo corriente. No puede existir duda acerca de ello si uno lee, no sólo esa interesante historia de sus años juveniles que su amigo A Kubizek ha escrito, sino también todo lo que él mismo escribió y dijo en su posterior vida activa, y en una época tal como la que nosotros estamos viviendo ahora —cuando es llevado a cabo en todo el mundo todo posible intento por presentarle, no simplemente como un “criminal de guerra”, sino como el “criminal de guerra” número uno— no es superfiuo incidir en el hecho de que Adolf Hitler fue, no sólo en el
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amanecer de su despertar como “Hombre Contra el Tiempo” sino durante toda su vida, “un encarnizado enemigo de la guerra”1 como tal; en el hecho de que él, por naturaleza, estaba “dotado de una profunda sensibilidad y lleno de compasión hacia los demás”2; en que su programa fuese esencialmente constructivo; su lucha, la lucha a favor de una positiva y exaltada meta, su meta: la regeneración de la humanidad superior (la única parte de la humanidad digna de ser salvada) y, finalmente, a través de la supervivencia de la regenerada humanidad superior, la restauración de la largamente destruida armonía entre el Orden cósmico y las condiciones socio-políticas en la Tierra, o lo que es lo mismo, la restauración de las condiciones de la Edad Dorada; no la apertura de una simple “nueva era” para Alemania, sino de un nuevo Ciclo de Tiempo para el mundo entero.
No es superfiuo, en tiempos como los nuestros, recordar al lector todos los esfuerzos del Führer por evitar la Segunda Guerra Mundial, incluso al precio de fuertes concesiones, y posteriormente (cuando ello se había probado imposible), por detenerla mientras aún podía ser detenida. No es superfiuo recuperar las palabras que él dirigió a su viejo amigo Kubizek el 23 de Julio de 1940, cuando, desde un punto de vista militar, todo parecía estar yendo espléndidamente”, cuando la bandera con la Swastika estaba ondeando sobre los edificios públicos de siete Estados conquistados: “Esta guerra aplaza en muchos años nuestro trabajo de reconstrucción. Es una verdadera lástima. ¡Yo no me convertí en Canciller del Gran Reich Alemán para conducir guerras!”3. No sólo estaba en contra de la guerra en razón a la guerra en sí (o en razón a motivos despreciables), sino que estaba en contra de toda forma de violencia inútil, por no hablar de “crueldad inútil”, la cual
1 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 294.
2 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 44.
3 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 345.
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era, bajo el Tercer Reich, de acuerdo a la ley y (cuando quiera que ésta se detectaba) también de hecho, un delito severamente castigado1. Incluso las noticias de un tan comprensible estallido de venganza en amplia escala como el que tuvo lugar durante la “Kristall Nacht” (8 y 9 de Noviembre de 1938) —ataques a judíos y propiedades judías, y quema de sinagogas en repuesta a repetidas provocaciones judías—, le llevaron “al extremo de la indignación”2. Ese rechazo innato a la violencia injustificada es un rasgo común a todos aquéllos que yo he denominado como hombres “sobre el Tiempo” (tales como el rey Akhenatón, Buda o Jesucristo) y a los grandes luchadores “Contra el Tiempo”, fundadores de nuevas religiones y eras culturales, como Krishna o, más cercano a nuestros tiempos, el Profeta Mahoma, el único hombre que puede ser comparado con Adolf Hitler, si es que uno siente la necesidad absoluta de trazar paralelos históricos.
Es uno de los signos el que su propósito final mantuviera —al igual que en ellos— un estado de duradera y profundamente arraigada armonía (una armonía sobrehumana), no de conflicto entre los hombres; en otras palabras, repito, una restauración de las condiciones originales de la Edad Dorada sobre la tierra, las únicas condiciones bajo las cuales la salud absoluta —la cual significa perfección— prevaleció siempre. Considerada bajo la luz de tal propósito, toda violencia necesaria es una “deplorable” necesidad (por citar una vez más las propias palabras de Adolf Hitler en 1940 sobre la Segunda Guerra Mundial). Toda violencia innecesaria es una negación al espíritu de una lucha “Contra el Tiempo” como la del Nacional Socialismo por el poder, una estúpida provocación de las Fuerzas Oscuras que se interponen en el camino de su éxito, y
1 Es un hecho, por ejemplo, que Martin Sommer fue sentenciado en 1943, es decir, durante el régimen N.S. y por un tribunal N.S., a tres años de cárcel por malos tratos a los internos en el campo de concentración de Buchenwald.
2 Konstantin Hierl: “In dienst für Deutschland”, pág. 137.
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por tanto un pecado contra la Causa de la Verdad. Y éste es el significado profundo y real de las amargas palabras del Führer dirigidas al Dr. Goebbels a raíz de los sucesos de la “Noche de Cristal”: “¡Su gente ha saboteado el Nacional Socialismo y echado a perder mi trabajo por muchos años, cuando no para siempre, a causa de esta tonteria!”1.
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La emoción fundamental de Adolf Hitler es obviamente “su amor más allá de toda medida”2 por Alemania y por todo lo que es alemán. “Él vivía dentro del pueblo alemán; nada contaba para él excepto éste”3. Estas palabras, describiendo los sentimientos del futuro gobernante ya en su juventud, son verdaderas en todas las etapas de su vida. Y su principal rasgo intelectual, o mejor, espiritual, es quizás aquella innata y desconcertante intuición de la historia en el sentido más amplio de la palabra —de la historia como el destino de nuestro planeta—, que lo eleva, por encima de todos los políticos, generales y reyes actuales, al nivel de los grandes profetas, y le da a toda su carrera aquel extraordinario carácter de ensueño4 del que tan apropiadamente habla Hans Grimm. La originalidad de su genio yace en el hecho de que él vivió su patriotismo alemán desde un punto de vista cósmico, dándole tanto a Alemania como a la historia de nuestros tiempos su verdadero significado a la luz de la evolución no meramente humana sino cósmica.
No sé si Adolf Hitler habría estado, en algún periodo de su vida, en posición de dar una instruida conferencia acerca de la concepción cíclica de la historia de acuerdo a la Sabiduría
1 Hans Grimm: “Warum? Woher? aber Wohin?”; edic. 1955, pág. 184.
2 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 292.
3 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 115.
4 Traumhaft es la palabra que H. Grimm usa repetidamente (ver el libro citado).
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antigua. Pero estoy absolutamente segura de que él sintió, pensó y actuó, desde el principio hasta el final, con total conciencia de la verdad eterna (tanto biológica como metafísica) que dicha concepción expresa. Sus escritos (especialmente los principios generales que él manifiesta en el Capítulo XI de la primera parte de “Mein Kampf’), sus discursos antes y después de alcanzar el poder, y más elocuentemente que cualquier otra cosa, las grandes decisiones de su vida, prueban que así lo hizo. Las creencias básicas y el completo espíritu de la doctrina Nacional Socialista lo confirman, pues ¿qué es este último, sino una apasionada negación de la ampliamente extendida creencia en la “dignidad” del “hombre” (de cualquier criatura humana de cualquier raza) y de la no menos extendida y no menos arbitraria idea del dominio del hombre sobre la naturaleza y de su ilimitado “progreso”?; ¿qué es, sino la negación de estos dogmas en favor de una concepción aristocrática del Universo y, en particular, de la historia, a la luz de la cual sólo las razas nobles (y, entre ellas, en primer rango, la aria, la más noble de todas) son capaces de convertir colectivamente en realidad material toda la riqueza de las más altas posibilidades humanas?; ¿qué es, sino su negación, también, en favor de la audaz aserción de que la historia es —y de hecho, siempre ha sido— un largo proceso de más o menos lento decaimiento de la perfección original a un estado final de caos a partir del cual uno se eleva de nuevo, no a través de una evolución regular e ininterrumpida, sino bruscamente —o lo que es lo mismo, a través de métodos revolucionarios—, al estado de salud, virtud y belleza es decir, de divinidad terrenal, que marca la primavera (todas las sucesivas primaveras) de la Creación?
Considerado en su esencia, es precisamente eso antes que cualquier otra cosa. Más aún: es la realidad que gobierna, tal como veremos, su actitud —determina su posición— con respecto a las diversas “cuestiones” de nuestros tiempos, desde el muy importante y mundialmente extendido problema judío (el cual
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es cualquier cosa menos “moderno”) hasta aquellos asuntos que parecen, a primera vista, concernir únicamente a Alemania (y allí reside precisamente la fuente oculta pero real de su impopularidad en esta Edad Oscura).
Años antes de que alcanzase el poder —más aún, años antes de que comenzase su carrera política—, Adolf Hitler era intensamente consciente de la incompatibilidad entre esta Edad, este mundo tal como lo vemos, y el sano y glorioso mundo de sus sueños. Y el buscó la realidad de este último, cuando no en la histórica Edad Dorada de nuestro Ciclo de Tiempo —tan lejana de nosotros y tan diferente de todo lo que conocemos que es prácticamente impensable—, sí por lo menos en un pasado tan remoto como el que su imaginación pudo alcanzar: en la Edad legendaria anterior al amanecer de la historia alemana registrada; la Edad dibujada en la viejas sagas germánicas. El no estudió aquella edad, tal como habría hecho un estudiante de arqueología. El vivió en ella a través de su propia intuición visionaria y a través de la magia de la música de Richard Wagner, la cual él amaba. Y lejos de ser el mero producto de un efímero entusiasmo juvenil, fue precisamente ese conocimiento del mundo de las Sagas el que, más decisivamente que ningún otro, “condicionó sus visiones históricas y políticas”1. Fue el conocimiento de ese mundo “al cual sentía que pertenecía”. Y “a lo largo de toda su vida, no encontró nada por lo que pudiera mantener una devoción tan ferviente como la que tuvo por aquel mundo que las Sagas de los grandes héroes germanos le habían abierto”2.
En otras palabras, son los sanos, fuertes y bellos germanos de la Edad heroica los que, a sus ojos, representaban la Alemania real —la Alemania eterna. Quizás ellos habían vivido, históricamente, sólo unos pocos milenios antes del comienzo de la presente Edad Oscura (en lo que los autores sánscritos
1 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 99.
2 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 99.
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denominan la Dwapara Yuga, la tercera de las cuatro grandes Edades); quizás, ya en esta misma Edad de Tinieblas (aunque sólo muy al principio de ella). En cualquier caso eso no es lo significativo. Lo significativo es que, fiel a la Tradición, Adolf Hitler creía en la existencia de la perfección terrenal como una realidad tanto del futuro como de un muy, muy remoto pasado. Lo significativo es que, cualquiera que pudiera haber sido la época en la que ellos —o sus prototipos históricos— realmente vivieron, los hombres y mujeres del consagrado “mundo de las Sagas” significaban y simbolizaban para él aquella perfección terrenal, aquella humanidad intachable por la cual él suspiraba con todo el ardor de su corazón y a la cual se aproximaba más y más hasta el punto de seguir un Tiempo cada vez más lejano y más a contracorriente.
Hay más. Aunque pueda parece extraño al lector europeo, e incluso al mismísimo lector alemán, el “inmensurable amor” de Adolf Hitler hacia su pueblo es algo más grande que el usual patriotismo. Está, sin duda, enraizado en ese sentimiento natural de solidaridad de la sangre que liga a la mayoría de los individuos —y ciertamente a todoslos alemanes— a sus compatriotas. Pero es, al mismo tiempo, la consecuencia inmediata de un conocimiento asombrosamente intuitivo; la expresión de la verdadera introspección en la naturaleza, significando el destino de Alemania como la nación privilegiada entre todas aquéllas de la misma sangre: la más dotada; la más consciente; la más apta para gobernar, en una palabra, objetivamente, la porción más valiosa de humanidad aria. Es, a pesar de lo que muchos puedan pensar, y es más, a pesar del juicio expresado por una figura tan prominente del Nacional Socialismo como Konstantin Hierl1, la contraparte alemana de la actitud chauvinista británica representada en el bien conocido lema: “Con razón o sin ella, ¡mi país!”.
1 Konstantin Hierl: “In dienst für Deutschland”; edic. 1954.
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Ciertamente, Adolf Hitler había escrito en “Mein Kampf’ que, si él hubiera “sido francés”, y Francia le hubiera significado la grandeza que para él significaba todo lo alemán, “no podría ni habría actuado de forma distinta a como lo hizo Clemenceau”1. Pero si se le ha de considerar e intentar interpretar su carrera histórica bajo la luz de la Sabiduría Antigua (y consecuentemente, en conexión con el destino del mundo entero), se está forzado a decir que él no podía haber sido francés —ni inglés; ni tan siquiera escandinavo. El no podía haber sido otra cosa que alemán; es más, no podía haber sido otra cosa que un alemán de la frontera, doblemente consciente de la trágica injusticia de las fronteras hechas por los hombres y de la unidad natural del Reich más allá de ellas —y de la unidad natural de la raza aria más allá de los límites del Reich. Más aún, se está abocado a admitir que, lejos de exaltar Alemania por el mero hecho de ser él alemán, es él, por el contrario, quien escogió nacer alemán a causa del papel predestinado —ordenado por Dios— que Alemania ha jugado y que está cada vez más llamada a jugar al lado de las eternas Fuerzas de la Luz y de la Vida en su lucha contra las Fuerzas de desintegración, ahora, cuando está cercano el fin de esta Edad Oscura; porque, objetivamente hablando, la salvación terrenal de la raza aria —la regeneración de la humanidad superior— sólo puede venir desde y a través de Alemania: la única Nación Aria en la cual la raza está todavía lo suficientemente pura para ser, bajo ciertas circunstancias, capaz de una regeneración total, al tiempo que, a su vez, a través de la ininterrumpida experiencia de peligro, ha retenido la suficiente consciencia para estar completamente despierta y ser lo suficientemente guerrera para conducir, hasta el final, la lucha contra las condiciones de la Edad Oscura: el combate constante “Contra el Tiempo” y por la Verdad integral.
En otras palabras, tanto la calidad de su esencia biológica como el sello particular que la historia dejó en ella, han hecho de
1 “Mi Lucha”, II; edic. 1939, pág. 766.
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Alemania la única nación capaz de liderar la Arianidad Occidental (cuando no también la Arianidad en su conjunto) en su último combate a vida o muerte —el combate por la supervivencia y dominio— de los mejores, que son los fundadores predestinados de la siguiente Edad de Oro: la última fase de la eterna lucha “Contra el Tiempo”, marcando el final de la presente Edad de las Tinieblas. Y el Hombre inspirado “Contra el Tiempo” que alprinápio de esa fase iba a actuar en favor de la Fuerzas de la Luz y de la Vida, estaba abocado a ser un alemán, más aún, la encarnación misma de la Alemania eterna. Y Adolf Hitler fue ese hombre. Y lo sabía en el fondo de su corazón. El era perfectamente consciente del hecho de que su política, tanto interior como exterior, era la única política alemana real, y por tanto la única concebible dentro de los intereses de la humanidad aria en su conjunto y —consecuentemente— del reino de la vida: la única concebible “dentro de los intereses del Universo”, por citar las palabras del Libro de bs libros. Pues sólo un hombre ario regenerado puede salvar y salvará lo que es, a pesar de todo, digno de ser salvado en este mundo condenado a la ruina, y construir una nueva tierra —abrir un nuevo Ciclo de Tiempo— sobre las bases de principios eternamente ciertos. Adolf Hitler lo ha dicho repetidamente en sus discursos. Y repetidamente expresó en “Mein Kampf” el mismo hecho, declarando que estaba actuando “en el espíritu del todopoderoso Creador” y combatiendo “por la propia obra del Señor”1, es decir, por la Verdad sobre esta tierra: la Perfección terrenal; y que sus “nuevas ideas” están “en armonía con el primitivo significado de las cosas”2.
Lo que August Kubizek relata de su vida en Linz y Viena desde 1904 a 1908, muestra cuan pronto el futuro líder había adquirido una concepción clara de su fin último —el “Estado ideal”— y se había hecho consciente del espíritu de todo el programa que un día él, con la ayuda de millones de personas entusiastas, iba a poner en marcha y realizar; cuan pronto él
1 “Mi Lucha”, II; edic. 1939, pág. 76.
2 “Mi Lucha”, II; edic. 1939, pág. 440.
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supo lo que su política sería: nacional y socialista a la vez (de hecho, lo que sólo puede ser cualquier política en concordancia con la verdad, es decir, con la Naturaleza); más aún, socialista porque iba a ser —va a ser— nacional en el pleno sentido de la palabra, empezando por el sentido racial; y nacional en dicho sentido porque esa Divinidad en nuestro interior que es la divinidad real, no es otra cosa que la gloria latente de nuestra raza en su perfección original.
Urgir al alemán y, más allá de los limites del Reich, al ario en general —la raza más joven de nuestro Ciclo de Tiempo, destinada al señorío del Comienzo divino del siguiente ciclo— a anhelar y luchar con todo su ilustre poderío por esa perfección en todos los planos, ya convertirla en realidad, a quí y ahora, tanto colectiva como individualmente (hasta el punto en que esto es excepcionalmente posible, ya en la Edad Oscura); urgirle a ser, ahora, contra el reinante espíritu de contaminación general y decadencia contra la corriente del Tiempo—, el testigo y el anunciador del Amanecer venidero, y ello, a una escala nacional, o aún mejor, racial, tal es y continúa siendo el objetivo real del Nacional Socialismo, la fe de Hitler, por muy asombroso que esto aún pueda parecer hoy en día a la mayoría de la gente, veintidós años1 después de la primera toma de poder2. Por importantes que puedan haber sido los propósitos políticos inmediatos después de 1918 —o como puedan ser ahora, después de 1945—, que no podían ni pueden ser separados de la perseguida Weltantschauung, son meros pasos hacia el permanente, definitivo y único gran objetivo.
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Como he establecido previamente, Adolf Hitler fue consciente desde la temprana adolescencia, y probablemente
1 Estas palabras fueron escritas en 1955.
2 Machtübernahme, la cual tuvo lugar el 30 de Enero de 1933.
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desde la infancia, de la chocante disparidad que existe entre la “vida real” —la vida bajo las condiciones de la Edad Oscura— que atrajo su atención a través de mil y un detalles, y la de su propia concepción de la perfección terrenal, una viva reflexión que él se procuró en el mundo de las antiguas sagas germánicas (transfiguradas, para él, en los dramas musicales de Wagner) y —nos cuenta Kubizek— en la majestuosa muchacha rubia a la que él jamás habló, pero a la que idealizó desde la distancia como una resplandeciente encarnación de la feminidad alemana1. Ejemplos de miseria humana, más aún —y la importancia de esto jamás puede ser resaltada de forma suficiente—, ejemplos de la vieja explotación de animales por el hombre2, que cualquier otra persona habría deplorado, pero juzgado inevitable, u observado sin importancia, o no se habría percatado en absoluto, a él le proporcionaron una oportunidad para sentirse indignado y ansiar condiciones de vida enteramente nuevas. Pero es durante los años de agobiante necesidad y de completa soledad moral, los cuales vive de joven en Viena, cuando la miseria y fealdad de la presente Era se le imponen por primera vez con todo su horror. Ello ha descrito con palabras inmortales3. Y, más que el contacto diario con la pobreza material en sí misma (con la pobreza material que él, dicho sea de paso, no meramente contempló, sino de la que realmente participó), le fue insoportable la visión de los efectos degradantes de esa miseria sobre su pueblo y sobre sus niños.
Dos hechos, en esa etapa de la vida de Adolf Hitler, deberían retener la atención de cualquiera que desee entenderle a él y al Movimiento que empezaría diez años más tarde, obviamente como un Movimiento político para la afirmación de los derechos alemanes, en realidad también, como las bases morales y metafísicas de una nueva civilización: primero, el
1 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 76 y siguientes.
2 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 61.
3 “Mi Lucha”, I; págs. 23, 32 y siguientes.
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aislamiento en el cual vivía, en medio de la circundante miseria y degradación; y después, la minuciosidad y distanáamiento con la que estudiaba estas últimas, localizaba sus causas profundas por debajo de las superficiales e inmediatas, y se hacia, gracias a ese claro conocimiento, cada vez más consciente de su propio predestinado papel en esta Edad de Tinieblas. “Uno no puede ‘estudiar’ los problemas de la cuestión social desde arriba”, escribió en “Mein Kampf”1. Uno tiene que experimentar por sí mismo la misma inseguridad perpetua de vida, conocer personalmente las mismas punzadas del hambre, morar en los mismos superpoblados, sucios y ruidosos ambientes de las clases desheredadas, en una palabra, vivir la podredumbre que los corroe y degrada, para conocer lo que la miseria social significa. El futuro Führer alemán la había vivido y sufrido, personalmente, día tras día, durante meses, años, sin que nunca le degradase o ni tan siquiera le hiciera cambiar. El prefirió “existir” con raciones de hambre a sacrificar su independencia. Tampoco estaba dispuesto a dedicar más tiempo del absolutamente necesario a tareas que le apartaran de su necesidad principal: la de estudiar tanto los libros como a los hombres y pensar. Y cuando había ganado un poco de dinero, prefería comprarse un asiento en la ópera —dos o tres horas de fiesta en el hermoso mundo de las viejas sagas, con el acompañamiento de la solemne música de Wagner, lejos, muy lejos de la triste miseria que parecía ser su destino por siempre—, a procurarse para si una copiosa comida2. El rehusó publicidad y dinero por no permitir que una narración que él había escrito fuese publicada por un judío. Nadie puede entenderle salvo un artista auténtico, que sea al mismo tiempo un auténtico revolucionario: una persona de un único sueño y un único objetivo, como él mismo. Mas, ¡qué bien le entenderá todo aquél que así sea (todo creador y luchador de su tipo, que seguro
1 “Mi Lucha”, I; pág. 26.
2 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 37.
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que no de su magnitud, es decir, toda persona “Contra el Tiempo”)!
Hay más. No sólo vivió comprometido fielmente con sus ideales, inaccesible al señuelo del confort material y de las ventajas sociales, sino que no compartió ninguna de las debilidades del humano medio, por no mencionar los vicios del inframundo al que el destino le había empujado, o, dicho sea de paso, aquéllos de las así llamadas “clases elevadas” de esta humanidad caída. El se abstuvo rigurosamente del alcohol y del tabaco; e incluso cuando ocasionalmente pudo permitirse otra dieta que la usual de pan y leche, comía pasteles y frutas, pero no carne. Su profundo instinto le inclinaba de forma natural a esa clase de comida que la gente, en cuya vida todavía juega un gran papel una Tradición inmemorial, llama “pura”1. Y las conclusiones de una reflexión seria meramente confirmaban en él lo que su sano y profundo instinto ya le había dictado. Adolf Hitler iba a convertirse durante el transcurso de su vida en un vegetariano cada vez más convencido; y aunque el desastre le robó la oportunidad de intentar, “tras la guerra”, dar a sus puntos de vista, gradualmente, la fuerza de la ley, él continúa siendo, según mi conocimiento, el único gobernante en Occidente que, fundamentándose tanto en lo higiénico como en lo moral (y en lo estético), consideró seriamente la posibilidad de suprimir el consumo de carne y abolir de ese modo el horror permanente de los mataderos. Así es documentado por el Dr. Goebbels en sus “Diarios”2 y brillantemente confirmado por numerosas manifestaciones atribuidas al Führer en sus “Conversaciones de sobremesa”, también publicados después de 1945 por los más encarnizados enemigos del Nacional Socialismo, ciertamente no con la intención de exaltarle.
Como hombre joven que era, y además bastante atractivo, Adolf Hitler resistió las múltiples tentaciones de la
1 En sánscrito: sattwik.
2 Ver “Los diarios de Goebbels”, anotación del 26 de Abril de 1942.
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corrupta metrópolis —ignoró las insinuaciones de las mujeres, rechazó con disgusto las de los hombres, y guardó la sagrada “Llama de la Vida” (usando la expresión mencionada por Kubizek) puro y fuerte y constantemente bajo su control. Él lo hizo sin la más mínima intención de “mortificar la carne”; sin el más mínimo deseo de “adquirir méritos” para la salvación de su alma; simplemente porque él respetaba esa energía dada al hombre para un propósito superior, y consideraba toda pérdida injustificable de ella como un pecado contra la raza al mismo tiempo que una profanación de la divinidad de la Vida. Él sentía que la “Llama de la Vida” era para ser dedicada al servicio de la Raza. Vehículo visible de la Vida eterna. Era para ser usada, al igual que el conjunto total de la energía física y moral del hombre, “dentro del espíritu del Creador”, es decir, en vistas al logro de la perfección en la tierra. La entera enseñanza Nacional Socialista concerniente al sexo y a las relaciones sexuales, con su bien conocida acentuación en la salud absoluta y pureza racial, tal como está expuesto en “Mein Kampf”1, tiene su origen y su base en esa sincera actitud religiosa (aunque en absoluto “extraterrenal”): en ese punto de vista del “Hombre contra el Tiempo”, que busca, en desafío a la corrupción de la Edad Oscura, restablecer aquí y ahora las condiciones biológicas —es decir, las fundamentales— del Paraíso terrenal; que prepara a la privilegiada elite natural de la humanidad para el papel que ha de jugar en la formación de la Raza divina de la nueva tierra, que prosperará en paz después de que esta Edad Oscura llegue a su fin.
Y todas las medidas positivas de Adolf Hitler tras su llegada al poder en favor de la protección física y moral de su pueblo predestinado, líder natural del hombre ario: sus admirables leyes para la asistencia social de la madre y el niño: para la creación de condiciones ideales de vida para las familias obreras—, para la educación de una juventud sana, bella,
1 “Mi Lucha”, edic. 1939, págs. 444-446.
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orgullosa, decidida y con confianza en sí misma; y sus famosas leyes de Nuremberg, favoreciendo el crecimiento en Alemania de una raza germánica de sangre pura (prohibiendo las relaciones sexuales con judíos y, de hecho, con no arios de cualquier tipo), no tienen otro origen ni otro significado. Su fin —más aún, el fin práctico del Nacional Socialismo como tal— fue y continúa siendo, no la mera mejora del destino material de los trabajadores alemanes (aunque sin duda ese objetivo inmediato jugó una parte importante en el éxito del Movimiento de Hitler en Alemania, tras la Primera Guerra Mundial); no meramente hacer del nuevo Estado, incluyendo todo el pueblo de sangre germánica —aquel “Sacro Reich de todos los alemanes” del que Adolf Hitler ya hablaba en sus conversaciones de adolescente con August Kubizek—, un Estado fuerte y próspero, sino regenerar al pueblo alemán —el más consciente de entre los arios de Occidente— de forma radical y organizarlo en todos los aspectos de la vida, así como crear a partir de él el único dique capaz de resistir y rechazar la marea amenazante de la humanidad inferior, cuya ascensión es, en este y en cada Ciclo de Tiempo, la cada vez más trágica señal de una fase avanzada de la Edad Oscura; capaz de rechazarla y de traer, tras su derrota (y su destrucción, muy al final de la Edad de las Tinieblas), el tesoro de la vida divina dentro de la gloria del Nuevo Comienzo.
Como he dicho antes, es difícil establecer hasta dónde Adolf Hitler podría haber dado expresión explícitamente a este punto de vista, que no obstante era en realidad su punto de vista. En particular, él fue toda su vida intensamente consciente de la necesidad apremiante de preservar, a cualquier coste, la aristocracia racial de la humanidad —los mejores elementos de la raza aria—, si es que este planeta no está, tras un espantoso periodo de caos (después del fin del presente Ciclo de Tiempo),
1 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 109. Véase también “Mi Lucha”, edic. 1939, pág. 439.
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destinado a “seguir su camino, vacío de seres humanos, a través del espacio etéreo, tal como lo hizo hace millones de años”1. Permaneciendo solo, personalmente incontaminado por las condiciones de la Edad Oscura en su peor estado, aunque profunda y dolorosamente familiarizado con ellas, observaba sus efectos sobre el pueblo en el que su infalible intuición le forzaba a reconocer, a pesar de todo, la predestinada substancia biológica de una humanidad infinitamente mejor: aquéllos que aún no son, pero (por citar las palabras de Nietzsche) que están “convirtiéndose” o que al menos son capaces de convertirse en superhombres —su propio pueblo alemán. Y, con serenidad y con realismo, buscó las causas de la miseria física y moral; sus muchas causas: egoísmo de las clases dominantes; indiferencia o cobardía de los hombres en el poder, la garra de la alta finanza internacional sobre la economía nacional; la influencia de la judería sobre el cuerpo y el alma nacional; etc., pero debajo de esas muchas causas, la única: la soberanía de los falsos valores; la exaltación de lo falso, que es sinónimo de enfermedad; en todos los dominios, rebelión contra el espíritu del Orden divino de la Naturaleza. Eso es lo que él había venido a combatir, a fin de que el “Reino de la Justicia” fuese restablecido.
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La segunda y aún más impactante experiencia de Adolf Hitler con el hombre de la presente Era empezó el 10 de Noviembre de 1918, cuando permanecía, medio ciego por los efectos del gas venenoso, entre sus camaradas heridos en una sala de hospital en Pasewalk, Pomerania, y escuchó del Pastor del mismo las últimas noticias: la “Revolución de Noviembre” y la capitulación de Alemania; el trágico fin de la Primera Guerra Mundial.
1 “Mi Lucha”, I; edic. 1939; cap. XI, pág. 316.
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Más de cuatro años atrás, él se había alistado con entusiasmo como voluntario en un Regimiento bávaro, no en uno austríaco, mostrando claramente de ese modo que estaba dispuesto a morir por el pueblo alemán y “por el Reich que encarnaba”1, aunque no por “el Estado de los Habsburgo” —aquel estado artificial de numerosas nacionalidades. El consideraba que la guerra no tenía nada que ver con Austria, sino que era un combate del pueblo alemán (incluido, naturalmente, el de Austria) “por su existencia”2 —una guerra justa. Y él había cumplido con su deber completamente; fielmente. Y aunque había estado temiendo —sintiendo— desde hacía ya meses (especialmente desde la huelga general de 1917) que se estuvieran llevando a cabo algunas diabólicas intrigas de traidores para robarle al soldado alemán del frente una victoria de la que se había hecho merecedor , no esperaba sin embargo semejante final, ni tan repentino....
La pena, la indignación y la desesperación temporal que le invadieron cuando de forma abrupta adquirió “la certidumbre más horrible de su vida”3 están tan elocuentemente expresadas en “Mein Kampf” que nada puede arrojar más luz sobre el estado mental del nuestro Führer que una cita extensiva de sus propias palabras: “No pude continuar más” (escuchando las noticias). “Mis ojos se nublaron y a tientas regresé a la sala de enfermos, donde me dejé caer sobre mi lecho, ocultando mi confundida cabeza entre las almohadas”.
“Desde el día en que me vi ante la tumba de mi madre no había llorado jamás. Cuando en mi juventud el destino me golpeaba despiadadamente, mi espíritu se reconfortaba; cuando en los largos años de la guerra, la muerte arrebataba de mi lado a compañeros y camaradas queridos, habría parecido casi un pecado el sollozar, ¡morían por Alemania! y cuando finalmente,
1 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 179.
2 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 178.
3 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 222.
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en los últimos días de la terrible contienda, el gas deslizándose imperceptiblemente comenzara a corroer mis ojos y yo, ante la horrible idea de perder para siempre la vista, estuviera a punto de desesperar, la voz de la conciencia clamó en mi; ¡Infeliz! ¿Llorar mientras miles de camaradas sufren cien veces más que tú? Y mudo soporté mi destino. Pero ahora era diferente, porque todo sufrimiento material desaparecía ante la desgracia de la patria”.
“Todo había sido, pues, inútil; en vano todos los sacrificios y todas las privaciones; inútiles los tormentos del hambre y de la sed durante meses interminables—, inútiles también todas aquellas horas en que, entre las garras de la muerte, cumplíamos, a pesar de todo, nuestro deber; infructuoso, en fin, el sacrificio de dos millones de vidas. ¿Acaso habían muerto para eso los soldados de Agosto y Septiembre de 1914 y luego seguido su ejemplo, en aquel mismo otoño, los bravos regimientos de jóvenes voluntarios? ¿Acaso para eso cayeron en la tierra de Flandes aquellos muchachos de 17 años? ¿Pudo esa haber sido la razón de ser del sacrificio ofrendado a la patria por las madres alemanas, cuando con el corazón sangrante despedían a sus más queridos hijos, para jamás volverlos a ver? ¿Debió suceder todo esto para que ahora un montón de miserables se apoderasen de la patria? Cuanto más me empeñaba, en aquella hora, por encontrar una explicación para el fenómeno operado, tanto más me ruborizaban la vergüenza y la indignación. ¡Qué significaba para mí todo el tormento físico en comparación con la tragedia nacional!”
“Lo que siguió fueron días terribles y noches peores todavía. Sabía que todo estaba perdido. Confiar en la generosidad del enemigo podía ser sólo cosa de loros o bien de embusteros o criminales. Durante aquellas vigilias germinó en mí el odio contra los promotores del desastre”.
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“En esos días, también llegué a ser consciente de mi destino. Sólo podía reír al pensar en mi propio futuro, que me había causado tan amarga preocupación poco tiempo atrás. ¿No era acaso ridículo construir casas sobre cimientos como éste? Al final estaba claro que aquello que precisamente había temido tan a menudo, sin ser nunca capaz en mi corazón, de creerlo, había ahora ocurrido”.
“Guillermo II había sido el primer emperador alemán, que le extendió la mano conciliadora a los dirigentes del Marxismo, sin darse cuenta de que los villanos no saben del honor. Mientras en su diestra tenían la mano del Emperador con la izquierda buscaban el puñal”.
“Con los judíos no caben compromisos; para tratar con ellos no hay sino un ‘si’ o un ‘no’ rotundos”.
“¡Había decidido dedicarme a la política!”1
Este angustioso relato autobiográfico podría —históricamente— ser descrito como el paso del Nacional Socialismo de una Idea encarnada expectante o latente, a una activa.
Seguramente la Idea encarnada es, cuando no tan vieja como el mismo Adolf Hitler, sí al menos tan vieja como su más temprano despertar a la conciencia socio-política, más aún, filosófica en general. Y ello tuvo lugar muy pronto: ya en Linz, cuando no antes. Sin embargo, tanto entonces como posteriormente en Viena, aun cuando su interés por los problemas sociales y políticos creía y crecía con la experiencia diaria de injusticia y miseria, e incluso en Munich, después de 1912, el futuro gobernante seguía pensando al sí mismo principalmente como un futuro arquitecto. Por supuesto, puede haber habido momentos en los cuales él pensó, o al menos sintió, de manera diferente. Hubo tales momentos —al menos uno de ellos, y grande por cierto— ya durante su vida en Linz, si es
1 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 223, 224 y 225.
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que creemos el relato de Kubizek sobre ello1. Pero el objetivo inmediato del artista pronto reapareció. Las experiencias de la vida diaria, por horribles que fueran sin duda muchas de ellas —en Viena al menos—, no fueron lo suficientemente espantosas como para apartarlo totalmente de su vista. Es más, durante la guerra, cuando cada vez más consciente de la necesidad de oponer a las fuerzas del Socialismo Internacional una organización nacional que estuviera libre de la debilidad del Sistema Parlamentario, Hitler había empezado a pensar seriamente en hacerse políticamente activo, él se había meramente visualizado a sí mismo hablando en público “mientras continuaba con su profesión”2. Ahora, su profesión, más aún, su arte —pues él todavía era (y no podía menos que seguir siendo) fundamentalmente un artista—, estaba fuera de lugar. Toda actividad que no fuera a contribuir de forma directa e inmediata a liberar Alemania de las consecuencias y especialmente de las causas de la derrota, estaba fuera de lugar; y eso, no meramente porque Adolf Hitler amaba Alemania por encima de todas las cosas, sino porque aquella intuición sobrehumana que le distingue de entre los pocos grandes profetas de la humanidad, le decía que el interés real y profundo de Alemania era —es, absolutamente— el interés real de la Creación —el “interés del Universo”, citando otra vez las inmortales palabras del Bhagawad Gita (y no es un accidente —no una mera coincidencia—, que yo, una aria no alemana intimamente conectada con Inglaterra, Grecia e India, acentúe este hecho. Es un signo; un símbolo; la primera expresión del homenaje de la arianidad mundial al último Hombre “Contra el Tiempo” y a la autentica Nación elegida).
Del abismo de la impotente desesperación —desde aquella cama de sufrimiento sobre la cual el desconocido cabo Adolf Hitler yacía gimiendo sobre el destino de Alemania,
1 August Kubizek: “Adolf Hitler, mein Jugenfreund”, pág. 140 y siguientes.
2 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 192.
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mientras sus ciegos ojos ardían en sus cuencas como ascuas encendidas; de su espantosa certidumbre de que “todo estaba perdido”, de que “todo había sido en vano”— ascendió la desafiante Voluntad de libertad y Voluntad de poder de un pueblo invencible y, más allá de aquélla, y más grande que aquélla, la eterna Voluntad de perfección cósmica en toda su majestad: la voluntad del soldado alemán que había combatido en Flandes y —exacta a ella; expresándose a si misma a través de ella—, la Voluntad impersonal e irresistible del eterno Guerrero y Profeta sobre el Tiempo y “Contra el Tiempo”; la Voluntad de “Aquél-Quien-regresa” edad tras edad, “cuando todo está perdido”, “cuando el mal gobierna de forma suprema”, restablecer en la tierra el reino de la Justicia.
Desde entonces en adelante, la milenaria Lucha por la Verdad —la Lucha “Contra el Tiempo”— iba a entrar, en Occidente, en una nueva fase. Iba a identificarse con la lucha política por liberar Alemania de la esclavitud impuesta sobre ella por los vencedores de 1918, así como con la lucha más-que-política contra las causas de la decadencia física y moral que estaban —y todavía están— amenazando la existencia de la aristocracia natural de la raza aria. Y el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores —el famoso N.S.D.A.P., originariamente llamado “Deutsche Arbeiter Partei”, al cual Adolf Hitler se adhirió en 1919 y al que pronto hizo evolucionar a partir del minúsculo grupo de idealistas (siete, incluyéndole) — iba a ser el único agente de las imperecederas Fuerzas de la Luz y de la Vida en medio de la creciente oscuridad de la Edad Oscura. Digo: el único; pues, contrariamente a todos los otros supuestos movimientos religiosos y seculares de regeneración, este Movimiento político y sin embargo infinitamente más que político, atacó la auténtica raíz de la decadencia histórica como tal: la decadencia biológica, consecuencia del pecado contra el Mandamiento primario natural de la pureza de la sangre; en otras palabras (desde el
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punto de vista de la Perfección original), enfermedad; falsedad tangible, física, y esa falsedad moral (esa falsa concepción del “hombre”) que permanece tras ella.
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Hay, en los registros de la humanidad, pocas cosas tan bellas como la temprana historia del Movimiento Nacional Socialista.
La tremenda voluntad de poder, encendida por la desesperación a partir de la cual aquélla había brotado, era, como acabo de decir, nada menos que la divina Voluntad de Perfección en su último (o penúltimo) esfuerzo por dirigir la mejor contracorriente frente al fatal curso del Tiempo, y salvar a través de ella lo que todavía es digno de ser salvado, en esta Creación condenada a muerte. Las condiciones morales y materiales bajo las cuales el Movimiento tomó forma —la miserable habitación llena de humo1 en el cual seis desconocidos trabajadores alemanes se sentaron y discutieron con el superhombre que pronto iba a guiarles a ellos y a millones de otros a la reconquista de la grandeza nacional; la absoluta pobreza de estos hombres, su absoluta insignificancia a los ojos del ancho mundo y especialmente a los de esos bien hablados y cómodos políticos y líderes de partidos a quienes ellos iban a arrojar en el olvido al cabo de pocos años; su fe ardiente, y lo que es más, el hecho de que su líder, Adolf Hitler, estuviera en posesión de la verdad. Y lo que no ha nacido de semejante forma, no permanece. Por amplio y estruendoso que sea su éxito, no aguantará ni la prueba del tiempo ni la de la persecución, ni mucho menos la del impacto terrible de la tormenta en la cual un Ciclo de Tiempo llega a su fin.
El temprano crecimiento del Nacional Socialismo como Idea encarnada y activa fue como el crecimiento de una semilla
1 “Mi Lucha”; edic. 1939, págs. 240 y siguientes.
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de trigo en la tierra aprisionada por la nieve; fue como el lento ascenso de la roca fundida dentro del volcán inactivo: inadvertido e irresistible. Fue la consecuencia de una Fuerza natural, de hecho, de la más vieja y poderosa de todas las Fuerzas naturales: la del instinto inherente a la Vida de auto-preservarse en presencia de los Poderes de la muerte —la Fuerza que une cada Ciclo de Tiempo al siguiente, por encima de la casi total destrucción. Iniciado en 1919, oficialmente fundado al principio de 1920, debe a esa Fuerza divina su impulso al que nada —ni tan siquiera el desastre de 1945— fue capaz de romper.
A lo largo de todo el mundo, gobiernos representantes de los extensos intereses financieros miraron con satisfacción su última obra: el tratado de paz de Versalles, hasta entonces el documento oficial más infame de la historia, pensado para esclavizar Alemania para siempre. Y la oveja siguió a sus pastores. Y los loros repitieron las tonterías —y mentiras— que les habían sido enseñadas: “¡Este Tratado sella la victoria de aquéllos que lucharon en esta guerra para poner fin a todas las guerras!” —mientras multitudes frenéticas se manifestaban en las calles de las ciudades francesas vociferando: “¡Alemania debe pagar!”. Nunca había habido tantos discursos, tantos sermones, tantos artículos y libros —tal jaleo— sobre la “paz”, y sin embargo nunca los vencedores se habían comportado con tal calculada barbaridad.
Con todo, en la pequeña y mísera habitación trasera de un café de Munich, Adolf Hitler —el Hombre “Contra el Tiempo”— hablaba al minúsculo grupo de trabajadores alemanes; a los hombres rudos de pura sangre y sólidas virtudes, hijos del pueblo dentro del cual él —El, “Aquél-Quien-regresa”— había escogido (esta vez) nacer. Y sus palabras eran —y su vida entera fue— la respuesta a las mentiras de esta avanzada Edad Oscura. Ellas no pueden haber sido muy distintas de las que se leen en “Mein Kampf”, aun cuando éstas fueron escritas cinco años
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más tarde. El dijo: “Para mí, como para cualquier auténtico Nacional Socialista, sólo hay una doctrina: pueblo y patria.
“Tenemos que luchar para asegurar la existencia y expansión de nuestra raza y nuestro pueblo; capacitarlo para alimentar sus hijos y preservar la pureza de su sangre, asegurar la libertad de nuestra Patria, para que así nuestro pueblo pueda estar en posición de cumplir la misión que le fue señalada por el Creador del Universo”1.
El dijo: “Quienquiera que hable de la misión del pueblo alemán en esta tierra debe saber que tal misión sólo puede residir en la formación de un Estado cuya razón de ser y tarea más alta sea preservary promover los elementos más nobles de nuestro pueblo, es más, del conjunto de la humanidad, que hayan permanecido intactos”2.
El dijo: “El Reich alemán, como estado, tiene que abarcar a todos los alemanes e imponerse la misión, no sólo de cohesionar y de conservar las reservas más preciadas de los elementos raciales originarios de este pueblo, sino también la de conducirlos, lentay firmemente, a una posición predominante”3.
El dijo: “Los pueblos no van a la ruina a causa de guerras perdidas, pero sí por la pérdida de ese poder de resistencia que solamente yace en la sangre pura”4.
Era consciente de la decadencia del conjunto de la humanidad —incluyendo Alemania— en la presente Era. “Desgraciadamente”, dijo él, “nuestra nacionalidad ya no descansa en un núcleo racial homogéneo”5. Y consciente de la principal causa de decadencia: la mezcla racial, el resultado del olvido de la realidad de la Naturaleza. Y consciente de esa realidad, expresada en el más antiguo Libro de la Sabiduría Aria,
1 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 234.
2 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 439.
3 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 439.
4 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 324.
5 “Mi Lucha”; edic. 1939, págs. 436-437.
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el Bhagawad Gita: “De la corrupción de las mujeres procede la confusión de las razas; de la confusión de las razas, la pérdida de la memoria; de la pérdida de la memoria, la falta de entendimiento; y de éste, todo mal”1. Era consciente de ello, no porque había leído el Libro (es dudoso que lo hiciera, al menos antes de 1919), sino porque la impersonal Sabiduría de los más antiguos arios vivía en él: porque de El era de Quien hablaba el Libro —“Aquél-Quien-regresa”. Y sabia que la Sabiduría que él predicaba como clave de la salvación terrenal “corresponde enteramente al original significado de las cosas”2; y que el camino que predicaba —el regreso a esa primitiva Sabiduría cósmica en lo individual y en la vida colectiva, en pensamiento y en acción— era —es— el único camino a través del cual los pocos escogidos pueden sobrevivir al último, impacto de las fuerzas de desintegración y convertirse en los fundadores de una nueva Era de la Verdad y que esos pocos elegidos son los mejores elementos de la más joven gran Raza de nuestro Ciclo de Tiempo: los arios. El sabía eso también. Y mientras acentuaba en sus discursos la necesidad de liberar Alemania, enseguida, de las consecuencias inmediatas del Tratado de Versalles —inflación, desempleo, miseria creciente—, su fin último continuaba siendo alzar Alemania a ese poder organizado, el cual, a la luz de la Sabiduría tradicional, sólo puede ser nombrado como un “Estado contra el Tiempo” —mejor, el “Estado contra el Tiempo”, capacitando a los mejores a portar tanto su sustancia biológica privilegiada como su intacto ideal de la Edad Dorada a través y más allá de las últimas tormentas de esta Edad Oscura.
El habló con la elocuencia apremiante de la fe, sabiendo que tenía la razón —que el futuro sin fin del Universo (no simplemente el de Alemania y Europa) probaría notoriamente cuánta razón tenía. Habló con la elocuencia salvaje de la emergencia, sabiendo también que la lucha que él iba a iniciar
1 “Bhagawad-Gita”, versos 41 y siguientes.
2 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 440.
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tenía que tener lugar entonces o nunca; que no había ni una hora que perder.
Y las sombrías caras de los hombres hambrientos y amargados, que habían combatido y sufrido, y sin embargo perdido, le contemplaban con esa admiración y confianza incondicional que es la esencia del culto —las caras de los seis y pronto de muchos más; de cientos en cada vez mayores salas de reunión, siempre demasiado pequeñas para contenerlos; de cientos de miles bajo el cielo abierto.
“Los pueblos no van a la ruina a causa de guerras perdidas...”. Las palabras mágicas —éstas y otras, significando lo mismo— resonaron a lo largo de la Alemania derrotada y los cientos de miles ya no se sintieron por más tiempo derrotados. Ahora sabían que habían sido traicionados. Y rugieron contra los traidores y las fuerzas oscuras a sus espaldas —las fuerzas oscuras que un día ellos (el pueblo alemán) aplastarían. Se sintieron fuertes; se sintieron jóvenes —invencibles e inmortales. Sintieron que los mejores de entre ellos eran realmente —habían sido, desde el inicio de la historia aria, llamados a ser— los dueños de un futuro sin precedentes: los orgullosos fundadores de un mundo nuevo (sólo que ellos no sabían, todavía, a través de que terrible Vía doloros1 iban a cumplir con ese destino asombroso). Ellos se reunían, cada vez más numerosos, alrededor del Hombre cuyo verbo inspirado avivó en ellos las más altas posibilidades de alegre heroísmo —y les hizo ver viejas y olvidadas verdades en una nueva y resplandeciente luz; cuyo brillante destello les llenó de autoconfianza; cuyo amor por ellos era gratuito e ilimitado, como el amor de un Dios. Observaban en él al Líder, al Vengador, al Salvador —la representación viviente de su invencible Ser colectivo, lo cual él realmente era. Y le siguieron ciegamente. Su amor le llevó al poder, su amor, y su aversión hacía aquéllos a quienes él les había señalado correctamente como los promotores de la humillación de 1918
1 En español en el original (Nota del traductor).
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y de toda la subsiguiente miseria: los judíos, y los criados de los judíos, agentes por naturaleza o elección de las Fuerzas Oscuras, enemigos reales de Alemania y del mundo.
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Sus enemigos reales y .... sus únicos enemigos. Adolf Hitler no ha señalado otros (y esa es precisamente la razón por la que el mundo entero —este mundo de la Edad Oscura condenado a la destrucción, afectado de locura, que exalta a sus enemigos y mata a sus amigos— se alzó contra él como un solo hombre). El hecho es demasiado importante como para no merecer una explicación a fondo.
Nada es más injusto al Nacional Socialismo que la demasiado fácil explicación a su inherente “antisemitismo” como “un intento por desviar la atención del pueblo alemán lejos de sus verdaderos explotadores” (es decir: los capitalistas alemanes), o como una expresión moderna de la vieja “envidia” de los Goyim —de cualquier Goyim— ante la visión del innegable éxito de los judíos en los negocios. La primera suposición, sostenida ad nauseam por los comunistas y sus simpatizantes, revela o una absoluta ausencia de buena fe o una completa falta de comprensión de la cuestión judía como tal y por consiguiente de todo “antisemitismo” serio y vital. Esta última bien podría ser aplicada al “antisemitismo” armenio (o al de cualquiera de los comercialmente inteligentes levantinos, cuya astucia para el engaño sólo puede ser superada por los judíos). No tiene en cualquier caso nada en común con la profunda, biológica y por consiguiente irreductible hostilidad que opone a nacional socialistas y judíos.
Sin duda, esa hostilidad estalla primero en un tumulto popular en respuesta a todo el perjuicio tangible que los judíos han causado al pueblo alemán durante décadas (y muchos de los alemanes a cuyas familias los judíos habían reducido a la miseria en los tiempos de la inflación, tras la Primera Guerra
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Mundial, dieron la bienvenida al bullicioso antisemitismo del joven Movimiento por razones tanto personales como también nacionales); sin duda, lo primero que hizo al mismo Adolf Hitler un claro enemigo de los judíos fue su conocimiento del papel antialemán jugado por estos, tanto política como socialmente, en Austria y en Alemania, ya antes de 1914; en particular, su conocimiento del espíritu judío y del liderazgo judío del Marxismo, y su concienciación respecto a la presencia judía en la prensa, en el teatro, etc ...., detrás de toda propaganda que directa o indirectamente apunte a la destrucción de todo sano instinto nacional entre gentes de sangre germana. En otras palabras, el antisemitismo nacional socialista es —en primer lugar— autodefensa racial de los arios; una reacción vigorosa contra el daño que los judíos hicieron (y que desde 1945 están haciende de nuevo, dicho sea de paso) en una tierra aria.
Pero queda más —y mucho más— por decir. Lo que los judíos hicieron y hacen (y no pueden sino hacer) es una consecuencia de lo que ellos son —y de lo que ellos siguen siendo aun cuando vuelvan sus espaldas a la tradición judía (o finjan así hacerlo) y se conviertan en cristianos, teosofistas, budistas o simplemente “racionalistas”, o comunistas. Y son, fundamentalmente, irreductiblemente —ya en el Reino invisible del cual este mundo de formas, colores y sonidos no es sino una proyección—, el opuesto polar de la elite natural aria; la contraparte oscura de los Hijos más jóvenes del Sol. Tan racialmente conscientes como ellos, si no —¡ay!— a menudo más; como ellos, tan estrechamente ligados entre si a través de la solidaridad más apremiante; a través de una solidaridad total (en lo práctico —financiero y político— no menos que en los asuntos religiosos o presuntamente religiosos) como raramente puede encontrarse en la historia; más aún, tan devotos como ellos a un despiadado propósito colectivo. Sólo que la suya no es la legitimada conciencia de la verdadera superioridad y de la solidaridad sanguínea de los mejores de la naturaleza: más aún, no es el
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sano orgullo racial ni el patriotismo de un auténtico pueblo en su lugar dentro del escenario de la Vida. Ni su propósito colectivo es bajo ningún aspecto como aquél de los seguidores de Adolf Hitler, “en armonía con el significado original de las cosas”. ¡Por el contrario! Pues, en primer lugar, los judíos no son una raza en el auténtico sentido de la palabra —mucho menos “la elegida por Dios”. Ellos no son ni una homogénea variedad de semitas, ni una hermandad de tipos semíticos emparentados que sostengan entre si una relación como la que mantiene unidos a arios “nórdicos”, “dináricos” y de otros tipos dentro de la Nación alemana. Sólo se necesita observarlos para convencerse de ello; es más, observarlos en el país en el que han estado reuniéndose desde los últimos treinta o cuarenta años, provenientes de todos los ghettos del mundo, en el nombre de su común pasado y común nacionalidad: Palestina. Uno encuentra allí, aparte del “clásico” judío, judíos de todos los tipos físicos, incluyendo el eslavo, incluyendo el “nórdico” —escaso, sin duda, no obstante presente y no necesariamente desfavorecido por los bien conocidos y visibles signos de la estirpe judía. Y algunos de los miembros de la extraña comunidad mundial pseudo-étnica y pseudo-religiosa —como por ejemplo los así llamados “Judíos Negros” de Cochin, en la costa Malabar— no tienen sangre judía, ni, de hecho, tan siquiera sangre semítica en sus venas1, .... lo cual no les impide sentirse asimismo “judíos”.
La comunidad mundial judía no es una nación semítica, “sino que es —ha sido, cada vez más, desde hace ya siglos— una hermandad no racial reunida alrededor de un núcleo semítico: una hermandad no racial, sin embargo, tan racialmente consciente como cualquier pueblo pueda serlo; abarcando, por su parte, elementos cosmopolitas crecientemente numerosos que ponen
1 Los así llamados “Judíos Negros” son simplemente castas hindúes inferiores cuyos antepasados habían aceptado la fe judía. Hasta hoy, se casan únicamente entre ellos.
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las características usuales de los carentes de raza —deslealtad; falta de escrúpulos; desconsideración al orden; escepticismo de alma envenenada— al servicio de la idea racial que ellos en parte han heredado y en parte han adoptado de sus hermanos en fe y en intereses procedentes del núcleo semítico, y por otra parte, semitas —una muy precisa sección inferior de la extensa raza semítica— cuyo dominio de astucia e intriga desbanca con diferencia a todas las cualidades guerreras.
Y su objetivo colectivo, perseguido a través de la historia con implacable consistencia, no es otra cosa que la prosperidad y el poder del judío en cualquier parte del mundo, a expensas de todos los no judíos. La conciencia de ser (más o menos) “hijos de Abraham” y la “Ley” común bajo la cual viven sus miembros (al menos nominalmente), bien puede mantener unida la comunidad. Sin embargo no son sino medios para un fin. Y el fin —el común propósito colectivo: el dominio judío— es lo que realmente importa
Es un propósito maldito, la realización del cual implicaría la disolución de todas las razas y de todas las genuinas nacionalidades; de todas las comunidades naturales, es decir, de todas aquéllas que tienen una sólida base racial (primero la disolución de las más conscientes y agraciadas; las mejor adaptadas para gobernar —los arios—, y después, gradualmente, de todas las otras, incluyendo, finalmente, el mismo núcleo semítico de la comunidad judía), y la perpetua opresión de un desalmado poder monetario —el poder de los descastados, dotados con destructiva inteligencia— sobre innumerables y bastardizadas masas de Menschenmaterial, sin poseer ni ideas ni voluntades propias, ni la inocencia y nobleza de los auténticos animales. Es el propósito de las Fuerzas de la Oscuridad, cuya influencia crece, cuyo campo de acción es cada vez más libre y desvergonzada, y cuyo poderío se afirma como una realidad cada vez más obvia, a medida que la historia recorre su fatal curso descendente. Es el propósito del Tiempo mismo, como Destructor de toda
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creación; como Nivelador y Negador. Y es el propósito de la comunidad par excellence “en el Tiempo”; de una comunidad que, al igual que la elite privilegiada aria reunida alrededor de Adolf Hitler, habla apasionadamente de “su misión” y se llama a si misma “elegida” —y lo hace justamente”, pero que omite afirmar que, contrariamente a los discípulos de sangre pura del Hombre “Contra el Tiempo”, ella no ha sido elegida por “Dios”, ni tampoco por las Fuerzas eternas de la Luz y de la Vida, para servir al objetivo constructivo de la Vida, sino por los poderes de la Muerte, para ocasionar, a través de crecientes deslealtades al divino modelo de vida original, es decir, a través de creciente falsedad, el fin de este Ciclo de Tiempo. El fin, sin un nuevo principio —pues esa es la intención, la tendencia de las fuerzas de la Muerte. Mientras que el propósito del Movimiento Nacional Socialista —su propósito real y profundo, más allá de toda “política”— era y continúa siendo el nuevo Principio glorioso —la nueva victoria de la Luz increada sobre los Poderes Oscuros, la nueva victoria de la Vida en su perfección terrenal original del Orden, en su sentido verdadero, a pesar del temporal e inevitable Reino del Caos; la Edad Dorada del siguiente Ciclo de Tiempo.
En una palabra, la aguda hostilidad entre nacional socialistas y judíos significa infinitamente nis que lo que los detractores de la fe de Hitler tan ligeramente suponen. Ella no revela la habitual tensión entre dos “racialismos” rivales, sino la singular oposición entre dos polos de Vida pensante muy al final de la presente Edad Oscura. Esa es la razón oculta pero auténtica de porqué es absoluta —y porqué su expresión tangible ha sido y será de nuevo, a la primero oportunidad, tan mortal.
Adolf Hitler lo sabía. Los más sabios entre sus fieles discípulos lo sabían, y lo saben. Los todopoderosos líderes de la judería mundial lo sabían, y lo saben.
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La lucha nacional socialista contra la judería internacional tuvo, bajo la amplia luz del día, la forma de una tremenda guerra santa contra el Marxismo —el último movimiento a gran escala “en el Tiempo”— y, de una manera mucho más sutil e indirecta, aunque con igual determinación mortal, la de una acción implacable contra toda abierta o secreta organización espiritual o pseudo-espiritual que estuviera igualmente “en el Tiempo”, cuya influencia es, de hecho, no menor que la del Marxismo, dirigido contra cualquier intento de regeneración aria “contra el Tiempo”. Tuvo lugar y será un día reanudada —pues ninguna política de desnazificación puede poner trabas a la acción de las fuerzas invisibles— con los necesarios métodos de la Edad Oscura.
La guerra contra el Marxismo parecía y todavía parece ser —y es sin duda, en el campo práctico— la primera tarea del Nacional Socialismo, sólo porque el Marxismo representa hoy por hoy la amenaza más inmediata: porque es la marca más exitosa del viejo, muy viejo veneno masivo judío para el consumo de los Goyim, pensado para producir la decadencia de todas las razas, el final de todos los auténticos nacionalismos y el crecimiento sin límite de una humanidad dirigida por el judío, una humanidad de una calidad cada vez más pobre en un mundo cada vez más soso y feo: en una palabra, la consumación del hundimiento de la vida sobre este planeta. Lo cual no quiere decir que otras marcas del mismo veneno, cuyos efectos son menos obvios, menos rápidos, no sean, a largo plazo, igualmente peligrosos, si no más.
La grandeza del Nacional Socialismo a este respecto reside, no tanto en el hecho de haber luchado contra el “Peligro comunista” más vigorosa y eficazmente que cualquier otro partido —o Iglesia—, sino en haber señalado la auténtica razón por la cual este último es “un peligro” —el peligro— y haberlo combatido sólo por esa razón.
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Considerado desde el punto de vista de la Sabiduría cósmica, el Comunismo, o mejor el Marxismo, no es un peligro porque amenace las clases adineradas de esta tierra con desposesión y la subsiguiente desagradable compulsión al trabajo diario, ni porque aspire a la total abolición de la economía capitalista. Eso —la causa principal de todo el “jaleo” contra los comunistas fuera de los círculos nacional socialistas—, es un detalle menor. El mundo no tiene nada que perder por la desaparición de los capitalistas y del sistema podrido que representan. ¡Al contrario! Y aunque la propiedad privada, siempre que ésta sea producto del trabajo personal y no de la especulación, esté reconocida en el Programa del Partido Nacional Socialista como “un legitimo derecho del individuo”1, yo iría tan lejos como para decir que, aun así, no sería una catástrofe irreparable si ella también fuera a ser aniquilada en la tormenta de los cambios económicos radicales.
El Marxismo tampoco es un peligro porque sus fieles adheridos —personas que viven completamente “en el Tiempo”— sientan poca preocupación hacia el Cristianismo y otras metafísicas, y en particular, poca curiosidad acerca de lo que pueda sucederles una vez que estén muertos. Más aún, no es un peligro porque las enseñanzas básicas de Karl Marx sobre la historia —su famoso “materialismo histórico”— intenten explicar toda evolución en el Tiempo sin la ayuda de la hipótesis de “Dios” y del “alma” humana. Eso —la causa principal del alboroto contra el “ateísmo comunista” entre cristianos y otras personas de mente espiritual; y la excusa principal puesta en marcha por la Iglesia Católica para justificar su prohibición a la doctrina “materialista”— también es un detalle. Y la idea de Dios, tal como la sostienen la aplastante mayoría de los anticomunistas, es, en cualquier caso, vaga; vaga, y de ninguna utilidad práctica. El peligro del Marxismo reside, tal como
1 Ver los Veinticinco Puntos. “Das Programm der N.S.D.A.P.” por Gottfried Feder (edic. 1939, pág. 35).
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Adolf Hitler ha señalado en “Mein Kampf”1 y en numerosos discursos, únicamente —absolutamente— en el hecho de que su concepción del hombre como un mero producto de sus circunstancias económicas, y del destino como un juego de fuerzas exclusivamente económicas, implica la negación de la importancia de la raza y la personalidad —la negación de la jerarquía natural de las razas y de las diferencias irreductibles en clase y en valor entre una raza y otra, no menores que las de las desigualdades naturales de los individuos, incluso dentro de la misma raza. En otras palabras, reside en el hecho de que el Marxismo igualitario y centrado en el hombre —no en la vida; está en contradicción con el espíritu de la Naturaleza, no en armonía con él; es falso, desde el punto de vista de la Sabiduría cósmica” al igual que el Cristianismo histórico (la fuente de esos valores morales y espirituales bajo cuyo nombre las democracias capitalistas son, o mejor dicho, pretenden ser, anticomunistas) y al igual que todas las doctrinas judías para uso de los arios. Reside en el hecho de que entre todas esas doctrinas antiguas y modernas, el Marxismo es, con diferencia, la más popular y militante. Tal como he dicho, es, al menos hasta el momento, la más exitosa.
Adolf Hitler ha apuntado correctamente que la victoria definitiva de una ideología tal significaría el final de la vida sobre este planeta —lo cual es precisamente el objetivo de las Fuerzas de desintegración suprahumanas que están detrás de la judería mundial. La tragedia, sin embargo, estriba en que ello no significaría un final tan digno y rápido como uno podría imaginar. Significaría, primero, una general e irremediable bastardización de todas las especies humanas y un increíble incremento del numero de seres humanos —”productores”— a expensas del resto de la vida —incremento, hasta que los últimos hermosos animales salvajes fuesen exterminados y la última parcela de bosque cortada, para hacer sitio a más inútiles
1 “Mi Lucha”, págs. 420 y siguientes.
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mamíferos bípedos—; y después, cuando todas las posibilidades de nutrición que la tierra pueda aportar, incluso con la técnica perfeccionada de la agricultura, estén exhaustas, la guerra por la comida1; guerra salvaje y encarnizada hasta el final (también con el apoyo de la técnica perfeccionada), hasta que las especies condenadas a la ruina se reduzcan ellas mismas a pedazos. Significaría, en otras palabras, “el reino de la cantidad” en todo su horror, y después —ante la ausencia de cualquier elite biológica capaz de empezar un nuevo Ciclo de Tiempo—, un punto final; la victoria final, al menos sobre este planeta, de esa tendencia a la muerte que es, desde el principio, inherente a toda manifestación en el Tiempo, y es eso lo que Adolf Hitler , el hombre “Contra el Tiempo”, se ha esforzado en evitar a través de su lucha contra el Comunismo, es decir, contra el Marxismo aplicado.
El mundo no comunista —más aún, el mundo anticomunista— no ha entendido ni la naturaleza de la creciente amenaza ni el significado real de la Lucha Nacional Socialista. Además, la mayoría de aquéllos que, dentro y fuera de Alemania, antes o durante la Segunda Guerra Mundial, han respondido a la llamada de Adolf Hitler de armarse contra el peligro comunista, y la mayoría de aquéllos que, hoy en día, se dan cuenta de la mucha razón que él tenía, parece que no han visto en su lucha apenas algo más que “la defensa de Occidente”. Pero no es sólo “el Occidente” lo que estaba, y está, amenazado en su sustancia biológica, y consiguientemente en su evolución posterior, por la última Weltanschauüng de origen judío, igualitaria y centrada en el hombre, incorporada a la última todopoderosa organización mundial —uno podría decir: la última Iglesia— bajo dirección judía. Es la entera raza aria: el hombre que, en Cape Town, Sydney u Ottawa ha guardado pura hasta hoy su sangre germánica, no menos que los
1 Hans Grimm ha señalado con gran precisión todo esto en su hermoso libro “Warum? Woher? aber Wohin?” (1954).
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“europeos” de sangre germánica; no menos que aquellas minorías arias de Asia, que el europeo racialmente consciente tiende demasiado a menudo a olvidar o a infravalorar: la persa, en la medida en que ésta ha resistido, especialmente a lo largo de los últimos mil quinientos años de la más tempestuosa historia, la maldición de la mezcla de sangres; la Kshattriya y Brahmánica de la India, a las que el sistema de castas ha mantenido hasta ahora segregadas y protegidas; en particular, los Brahmanes de Cachemira, al menos aparentemente, uno de los tipos más destacables de la humanidad aria. Más aún, es toda raza pura o relativamente pura la que está amenazada, incluyendo las no arias; incluyendo el mismo núcleo semítico delpueblo judío —y nadie conoce esto mejor que aquellos judíos racialmente conscientes, en otro tiempo poseedores de puestos de alta responsabilidad dentro del Partido Comunista, que durante los últimos años han sido acusados de “sionismo”, es decir, de nacionalismo judío, ante tribunales comunistas y sentenciados a largas condenas de trabajos forzados, cuando no a muerte1 (Adolf Hitler ha escrito: “Tras la muerte de su víctima, muere el vampiro mismo tarde o temprano”2. El veneno del internacionalismo igualitario y centrado en el hombre, pensado para acarrear la ruina de todas las razas —especialmente la aria— para beneficio del judío, está finalmente abocado a trabajar también contra sus creadores. Pues las Fuerzas de la Muerte no son selectivas. No perdonan a nadie —ni tan siquiera a sus agentes).
El hecho es que en la raíz de esa indiferencia por la personalidad y especialmente por la raza que caracteriza al Marxismo, se halla la vanidosa creencia en el “hombre” como medida de todas las cosas; en el “hombre” como “Señor de la Naturaleza” (no meramente una parte de ella; una especie viviente entre las otras); y la ilusión de que cualquier cosa
1 Ver los cargos contra los once judíos durante el Juicio de Praga (1952) y contra Anna Pauker, antigua comisaría en Rumania.
2 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 358.
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dotada de una forma más o menos humana es de un incuestionable valor y debe serle permitido vivir, es más, debe ser mantenida viva a cualquier precio; la enferma superstición del “hombre” —esa “mentira judía” que Adolf Hitler expone tan brillantemente en el capítulo undécimo de “Mein Kampf” —opuesta a la auténtica y aristocrática Religión de la Vida.
Pero la mentira no es, como he dicho, monopolio de los marxistas, no es consecuencia de la particular concepción de Karl Marx acerca del hombre como producto de sus circunstancias económicas. Es la base común de todas las viejas y nuevas filosofías igualitarias y centradas en el hombre, judías y no judías1, y especialmente de las filosofías judías de alcance internacional, que dibujan una línea arbitraria entre los “hombres” y el resto de las criaturas vivientes, negando así la unidad del reino de la Vida y la universalidad de sus férreas leyes. Es, en particular, la base moral del Cristianismo histórico.
Importa poco qué hipótesis o qué dogmas sean expuestos para hacerla sonar como verdadera. El hecho importante continúa siendo que la mentira judía —cepo de la Edad Oscura— es aceptada como cierta por las fuerzas anticomunistas de Occidente situadas fuera del Movimiento Nacional Socialista, principalmente por las iglesias cristianas (los partidos políticos burgueses ni tan siquiera cuentan). El hecho continúa siendo que estas fuerzas comparten con los mismos marxistas la superstición del “hombre”, origen de la actitud que conduce a la decadencia, y esa es la razón de que ninguna de ellas fuera, o sea, anticomunista en el auténtico sentido de la palabra. No sólo no combatieron ni combaten al Marxismo a causa del peligro real que representa, sino que cada una de ellas representaría, finalmente, el mismo peligro que él si se encontraran hoy tan militantes y tan llenas de fe como un día la
1 “El hombre es más grande que cualquier otra cosa; nada hay por encima de él” es un dicho atribuido a uno de los famosos “Vaishnavas” bengalís del siglo XIV.
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estuvieron. Son, a lo sumo, los rivales del Marxismo triunfante —o les gustaría serlo. Al tiempo que en los países no-cristianos son precisamente los misioneros quienes, a través del alarmante crecimiento de una población medio instruida, bastardizada y excitada con el descontento (el resultado inmediato de su sermón igualitario unido a la ayuda médica), preparan el camino al Comunismo con milagrosa eficiencia —extendiendo al mundo entero a través del Cristianismo mismo el mal que un día sembraran las Fuerzas Oscuras en el Cercano Oriente y Europa.
En otros palabras, la lucha Nacional Socialista contra el Marxismo es simplemente el aspecto más obvio de la lucha a muerte general —infinitamente más que política— de la audaz nueva fe en la Luz y en la Vida contra toda forma de falsedad —toda doctrina que coloque al “hombre” contra la Naturaleza, todo culto de imperfección, en esta última parte de la Edad Oscura. No ha de ser separada de la lucha contra las iglesias cristianas, la masonería y todas las corporaciones internacionales y antinacionales supuestamente “espirituales”, que indebidamente distorsionan y explotan enseñanzas originariamente “sobre el Tiempo” para alcanzar los objetivos de las Fuerzas de la Muerte.
Sólo que dicha lucha tenía que ser más sutil, por razones prácticas fáciles de entender.
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Está escrito en “Mein Kampf”: “El veneno sólo puede ser vencido a través de un contraveneno, y sólo un burgués trivial podría considerar el término medio como vía al Paraíso1.
“Una concepción ideológica, saturada de un infernal espíritu intolerante, podrá ser rota solamente por una idea que, siendo pura en principio y verídica en absoluto, esté impulsada
1 “Mi Lucha”; edic. 1939, pág. 371.
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por el mismo espíritu de intolerancia y sostenida por una voluntad no menos fuerte que la que anima a aquélla.
Uno bien puede, hoy en día, lamentarse de que en el Antiguo Mundo, que era mucho más libre que el nuestro, el primer terror moral apareciese con la llegada del Cristianismo; uno no puede, sin embargo, poner en duda el hecho de que el mundo ha sido desde entonces dominado y oprimido por la tiranía y que la tiranía sólo puede ser rota a través de la tiranía, y el terror a través del terror. Sólo entonces podrán ser creadas condiciones nuevas y constructivas.
“Los partidos políticos se prestan a compromisos; las concepciones ideológicas jamás. Los partidos políticos cuentan con competidores; las concepciones ideológicas proclaman su infalibilidad”1.
“Lo que a los marxistas les dio el triunfo fue la perfecta cohesión existente entre su voluntad política y el carácter brutal de su acción. En cambio, lo que privó a los sectores nacionalistas de toda influencia en los destinos de Alemania, fue la falta de la fuerza y la voluntad de una genial aspiración política2.
“La convicción de tener el derecho de valerse hasta de las armas más brutales, ha de ir unida permanentemente a la fe fanática en la necesidad del triunfo de un nuevo orden de cosas revolucionario en el mundo. He aquí la razón por la cual jamás apelará al último recurso aquel movimiento que no lucha en pro de fines y de ideales elevados”3.
Estas y otras frases tales (hay muchas más en el que uno podría denominar Libro de la nueva fe aria) definen al Movimiento Nacional Socialista con apasionante exactitud como un agitador “contra el Tiempo” y señalan las diferencias fundamentales entre Adolf Hitler” y todas esas grandes figuras históricas que yo he descrito en estas páginas com | |